viernes, 12 de noviembre de 2010

Francisco Franco 1975

Paul Preston

El gran manipulador



A lo largo de su vida Franco se dedicó a reescribir su historia y a construirse una imagen de héroe abnegado. Su astucia política le llevó ya desde sus tiempos de África a descubrir el valor de la utilización de la prensa



PAUL PRESTON

La mejor pista para descifrar el enigma que fue Franco se encuentra en el propio enigma. Franco creó durante toda su vida el misterio, a base de reescribir constantemente su propia historia. En los primeros tiempos, esa actitud era síntoma de inseguridad: más adelante, una forma de confundir a quienes rivalizaban con él por el poder. Incluso es posible que, en lo que respecta a la muerte de cientos de miles de sus compatriotas durante la guerra civil y la represión de los años cuarenta, reflejara el deseo de exonerarse de responsabilidad. El caso es que, en cuanto pudo empezar a influir en la percepción que la gente tenía de él, Franco adoptó la imagen desmesurada de sí mismo que construía su propia propaganda. Su afición a compararse con los grandes héroes guerreros y los constructores del imperio en la historia de España, sobre todo el Cid, Carlos V o Felipe II, se convirtió en un hábito sólo en parte derivado de leer su propia prensa o escuchar los discursos de sus partidarios. Franco disfrutaba con las disparatadas exageraciones de su propaganda. A lo largo de toda su vida se dedicó a reescribir periódicamente su historia.









Franco, subido en un escabel,

saluda a sus partidarios en el

balcón del Palacio de Oriente

de Madrid (D. Cruz)



El mejor ejemplo es su obra Raza. Anecdotario para el guión de una película, inequívocamente autobiográfica. En la novela, y en la película posterior, la creación del protagonista, un marino heroico, le sirvió para sustituir a su verdadero padre y construir un personaje central de romanticismo desenfrenado, capaz de plasmar sus fantasías y reparar las frustraciones de su vida. Raza no fue más que la manifestación más extrema y caprichosa de los incansables esfuerzos de Franco para crear un pasado perfecto. Y, como su diario de guerra de 1922, proporciona elementos inestimables que permiten conocer mejor su psicología. En sus textos diseminados y sus miles de páginas de discursos, en los fragmentos de sus memorias inacabadas y en incontables entrevistas de prensa, adornó constantemente el papel que había desempeñado y las cosas que había dicho en incidentes concretos, se las arregló siempre para quedar de la mejor manera posible y suministró la materia prima necesaria para garantizar que cualquier biografía fuera una hagiografía. La persistencia de tantas leyendas favorables da fe de hasta qué punto consiguió manipular los medios de comunicación.





El proceso comenzó tan pronto como sus aventuras en África empezaron a llamar la atención de la prensa. El joven comandante descubrió enseguida un talento para la manipulación que puso en práctica con los periodistas. Logró convertirse en figura nacional por su papel como jefe de las operaciones de la Legión tras la derrota de Annual en julio de 1921. La prensa gallega pronto elogió "la sangre fría, la audacia y el desdén por la vida" de "nuestro querido Paco Franco", después de un incidente en el que Franco liberó un blocao sitiado con la única ayuda de 12 voluntarios. A la prensa le encantó saber que, a la mañana siguiente, Franco y sus 12 voluntarios había regresado llevando "como trofeos las cabezas ensangrentadas de 12 harqueños". Franco comenzaba de esa forma una dedicación a labrar su imagen pública muy reveladora del alcance de su ambición. La prensa empezó a interesarse por él. En las entrevistas, los discursos que pronunciaba en banquetes celebrados en su honor y en los textos que publicaba, empezó a proyectar de forma consciente la imagen del héroe abnegado.





Poco después de recibir de Millán Astray el mando de la Legión, el comandante Franco recibió un telegrama de felicitación del alcalde de El Ferrol. En medio del fragor de la batalla tuvo tiempo de enviar una respuesta aparentemente humilde: "La Legión se honra con su felicitación. Yo sólo cumplo con mi deber de soldado" (El Correo Gallego, 19 de octubre de 1921). Una frase típica de la imagen que Franco tenía de sí mismo en aquella época, la del oficial valiente pero modesto, al que sólo le interesaba su deber. Era una imagen en la que creía de forma implícita y que hizo notables esfuerzos para proyectar públicamente. Al salir de una audiencia con el rey a principios de 1922, dijo a los periodistas que el rey le había abrazado y le había felicitado por su éxito al mando del Tercio en ausencia de Millán Astray: "Lo que se ha dicho de mí ha sido algo exagerado. Yo sólo cumplí con mi deber. Los soldados son unos verdaderos valientes. Con ellos puede irse a cualquier parte". Sería un error pensar que, cuando Franco hablaba así, sólo daba muestras de su cinismo. No hay duda de que el joven comandante se veía a sí mismo, sinceramente, en la imagen propia de Beau Geste que mostraba su diario. No obstante, su conducta en las entrevistas periodísticas -y el hecho de que a finales de 1922 publicara su Diario de una bandera y regalara ejemplares de él- indica que era consciente del valor de una presencia pública en la deseada transición de héroe a general.









La cruz que corona la basílica

del Valle de los Caídos,

en Madrid (R. Cancio)



Franco cultivaba activamente su imagen pública. Las informaciones sobre sus hazañas en la prensa nacional contribuyeron a convertirlo en héroe nacional, "el as de la Legión". Un buen ejemplo es el perfil, enormemente halagador y revelador, que ofrecía una entrevista concedida al novelista y periodista catalán Joan Ferragut. Constituye un retrato de Franco en un momento en que, con el matrimonio a la vuelta de la esquina, el heroísmo empezaba a dejar paso a una ambición más calculada. En el perfil de Ferragut todavía se puede oír la voz del hombre deseoso de acción que pronto desaparecería del repertorio de Franco. Sin embargo, el patriotismo y el heroísmo romántico estereotipados de muchas de sus frases indican que el personaje del intrépido héroe del Rif no era totalmente natural ni espontáneo. Hay un elemento de afectación en las respuestas de Franco que indican un empeño consciente en construir la imagen pública de patriota abnegado. "¡Pero si yo no he hecho nada!" -exclama como asombrado-. "Los peligros son menores de lo que cree la gente. Todo se reduce a aguantar un poco". "¿Cuál ha sido el día que más emoción le ha causado en esta campaña?". "Yo recuerdo siempre el día de Casabona, tal vez el más duro de esta guerra... Aquel día fue el que vimos lo que era la Legión... Los moros apretaron de firme y llegamos a combatir a veinte pasos. Íbamos una compañía y media y nos hicieron cien bajas... Caían a puñados los hombres, casi todos heridos en la cabeza y en el vientre, y ni un solo momento flaqueó la fuerza... Los mismos heridos, arrastrándose, ensangrentados, gritaban: '¡Viva la Legión!'... Viéndoles tan hombres, tan bravos, yo sentía que la emoción me ahogaba... Ése ha sido el día mejor para mí de esta guerra". "No sé... El valor y el miedo no se sabe lo que son... En el militar, todo eso se resume en otra cosa: concepto del deber, patriotismo".





En el verano de 1923 ascendió a teniente coronel para hacerse cargo del mando de la Legión. El 10 de junio de 1923, La Voz de Asturias dedicaba toda la primera plana a su ascenso y sus triunfos. Franco concedía una larga entrevista en la que se proponía dar de sí la imagen del ideal público de joven héroe vistoso, galante y, sobre todo, humilde. Expresaba una sorpresa muy teatral ante la atención que se le prestaba. "Ahí" -interrumpe prontamente, adivinando sin duda el elogio que brotaba en nuestros labios-, "ahí hice lo mismo que todos los legionarios hicieron; luchamos con entusiasmo, con deseos de vencer, y vencimos". "Sí, es verdad que mis muchachos me quieren mucho". "¿Planes?... Los acontecimientos serán los que manden; repito que yo soy un simple soldado que obedece. Iré a Marruecos, veré cómo está aquello, trabajaremos con ahínco y, en cuanto pueda disponer de un mesito, a Oviedo me volveré para... para realizar lo que ya daba casi por realizado, lo que el deber, imponiéndose a todo sentimiento, aun los que arraigan en el fondo del alma, me impide ahora realizar... Al llamamiento que la Patria nos haga, nosotros sólo tenemos una rápida y concisa contestación: ¡Presente!".





Después de que Franco ascendiera a general de brigada, en febrero de 1926, dejó de ser centro de tanta atención periodística. No obstante, su nombramiento como director de la Academia General Militar de Zaragoza, en 1928, le transformó en una figura pública de cierta importancia. A finales de mayo de 1928, la revista Estampa, predecesora de ¡Hola!, entrevistó a Carmen Polo y su marido. Al preguntarle si estaba satisfecho de ser lo que era, Franco replicó, en tono sentencioso: "Estoy satisfecho de servir a mi patria al máximo". Al preguntarle cuáles eran los tres mejores momentos de su vida, Franco respondió: "El día que desembarcó el Ejército español en Alhucemas, el instante de leer que Ramón había llegado a Pernambuco y la semana que nos casamos". El hecho de que el nacimiento de su hija Carmen no figurase en la lista indica que estaba más ansioso por proyectar una imagen de patriotismo libre de emociones poco viriles. Luego le preguntaban cuál era su mayor ambición, y él revelaba que era "que España vuelva a ser todo lo grande que fue antaño". Al inquirir si era un hombre político, Franco replicaba con firmeza: "Soy militar", y declaraba que su deseo más ferviente era "pasar en todo momento desapercibido. Yo agradezco mucho ciertas manifestaciones, pero puede imaginarse lo molesto que resulta al cabo sentirse frecuentemente contemplado y comentado".







Franco, con José Millán Astray,

en el acto fundacional de la legión.



Con la llegada de la República, el uso de la prensa por parte de Franco se hizo mucho más defensivo. El 18 de abril de 1931, Abc publicó una carta cuyo texto le había preparado su cuñado, Ramón Serrano Súñer. Habían corrido rumores de que quizá le hicieran alto comisario de Marruecos, uno de los puestos más deseables del Ejército. En la carta, él negaba que le hubieran hecho una oferta de ese tipo, para distanciarse del nuevo Gobierno republicano, y decía que "ni el Gobierno provisional ha podido pensar en ello, ni yo había de aceptar ningún puesto renunciable que pudiera por alguien interpretarse como complacencia mía anterior con el régimen recién instaurado o como consecuencia de haber podido tener la menor tibieza o reserva en el cumplimiento de mis deberes o en la lealtad que debía y guardé a quienes hasta ayer encarnaron la representación de la nación en el régimen monárquico".





A partir de entonces, Franco estuvo demasiado ocupado sobreviviendo y, después, conspirando contra la República, para preocuparse por construir una imagen. Sin embargo, cuando comenzó la guerra civil, su sentido instintivo del valor de la prensa volvió a serle útil. No hay duda de que el ascenso de Franco al poder en la zona nacional se basó en sus indiscutibles cualidades y triunfos militares y en su astuto e implacable empeño en ser Generalísimo y posteriormente Caudillo. Para este último fin, su manipulación de la prensa mundial iba a tener una importancia fundamental. Por su gran reputación de ser uno de los oficiales mejor preparados y más competentes del Ejército español, su decisión de unirse al alzamiento en Marruecos sirvió para levantar la moral de los rebeldes en todas partes. Asimismo, su contagiosa "fe ciega" en la victoria y su capacidad de inventiva ante las dificultades ayudó a los rebeldes a superar los reveses de los primeros días. Franco destapó su ambición cuando, al morir Sanjurjo, dio por sentado que él pasaba a ser el jefe de la rebelión e informó de ello a alemanes e italianos.





La primera gran aportación de Franco a la causa nacional fue su solución al problema de transportar al Ejército de África a la Península, después de que el amotinamiento de la flota dejara el Estrecho en manos de la República. Franco recurrió a la revolucionaria idea de que el Ejército cruzara el Estrecho por aire y rompiendo el bloqueo en el mar. Ante las enérgicas dudas de sus ayudantes, decidió enviar un convoy de tropas por mar desde Ceuta. Fue una de las pocas ocasiones en las que Franco, el planificador precavido y meticuloso, asumió un riesgo lleno de audacia. La prensa internacional y la prensa española nacional recibió comunicados en los que se le calificaba de comandante en jefe de las fuerzas nacionales. Fue un factor esencial a la hora de obtener el apoyo de las potencias del Eje. Y tampoco se olvidó de la influencia que la prensa podía tener en la moral de sus enemigos republicanos. Así quedó claro en una entrevista concedida al periodista norteamericano Jay Allen en Tetuán, el 27 de julio, en la que se le presentaba como "jefe de los facciosos españoles". Cuando Allen le preguntó: "Ya que el golpe de Estado ha fracasado, ¿cuánto tiempo va a continuar la masacre?", Franco contestó, tranquilamente: "No puede haber concesiones ni tregua. Yo continuaré preparando el avance sobre Madrid, avanzaré y tomaré la capital" -gritó-. "Salvaré España del marxismo al precio que sea". "Le pregunté si no se había llegado a un punto muerto. Me miró francamente sorprendido y dijo: 'No, ha habido obstáculos. La deserción de la flota fue un golpe, pero continuaré el avance. Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado el país, y todo esto (el general movió la mano señalando hacia España) pronto parecerá una pesadilla". "Mi pregunta: ¿Eso significa que tendrá usted que fusilar a media España? El general Franco sacudió la cabeza y, sonriendo, dijo: 'Repito, cueste lo que cueste.".





Para Franco, la lucha por el poder en el futuro era tan importante como la posible victoria. Tanto Franco como Mola consideraban evidente que, para librar eficazmente la guerra, eran necesarios un solo mando militar global y algún tipo de aparato diplomático y político centralizado. Franco ya había creado un equipo dedicado a ese fin. Además, pronto iba a inclinar la balanza por completo al desviar sus columnas africanas hacia Toledo para liberar el Alcázar sitiado, pese a las repercusiones militares de permitir que Madrid organizara su defensa. Para él era más importante alimentar su posición política mediante una victoria emocional y un gran golpe propagandístico que una rápida derrota de la República. Si Franco hubiera avanzado sobre Madrid inmediatamente, no le habría dado tiempo a consolidar su posición política de manera irrevocable. A petición suya, el 21 de septiembre se celebró, cerca de Salamanca, una reunión de la Junta de Defensa Nacional junto con otros generales nacionales, para resolver la cuestión del mando único. Escogieron a Franco convencidos, en aquel momento, de que con ello se limitaban a garantizar la unidad de mando necesaria para la victoria y la ponían provisionalmente en sus manos. El general dio un paso más con el golpe propagandístico de la liberación del Alcázar el 27 de septiembre. Dos días después recrearon la operación para la prensa y los noticiarios de todo el mundo, cuya presencia se había prohibido el día de la acción real. Cuando le designaron "Jefe del Estado", el título completo, Jefe de Gobierno del Estado Español, y la puntualización "mientras dure la guerra" desaparecieron de los comunicados de prensa.





La realidad la creó el poder de la prensa, más que el acuerdo entre los generales. Se utilizaron los medios de comunicación para elevar la figura del Caudillo. Su primer jefe de prensa y propaganda fue el general José Millán Astray, que dirigía la oficina de prensa como si fuera un cuartel militar: obligaba a los periodistas a alinearse cuando tocaba el silbato y les sometía a arengas disparatadas como las que le habían hecho famoso en la Legión. Se hizo uso de la prensa y los carteles para forjar una aparente similitud entre Franco y el Cid. Colaboradores como Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero y Fermín Yzurdiaga ayudaron a crear una iconografía que equiparaba la guerra contra la izquierda y las regiones con la reconquista de España de manos de los moros. También se aprovechó para propósitos nefandos como la falsificación de lo que había ocurrido en realidad en Gernika.





Sin embargo, sería absurdo sugerir que Franco era todo imagen, sin nada de sustancia. Al asegurarse la ayuda del Eje, prácticamente garantizó el triunfo, pero su empeño también fue esencial para la victoria de los nacionales. Tenía la capacidad -la misma que tiene un buen entrenador deportivo- de mantener la moral de sus seguidores en ebullición. Durante la guerra civil, en los momentos más negros para los nacionales, levantaba mentes y espíritus con afirmaciones categóricas de lo que denominaba su "fe ciega". Su serenidad quedó patente repetidas veces con su extraordinaria capacidad de capear temporales en su contra, en los momentos más difíciles de aislamiento internacional al acabar la II Guerra Mundial y durante la guerra fría, cuando él aguantaba sin inmutarse mientras sus consejeros estaban convencidos de que se avecinaba el fin. Esta sangre fría se reflejó en su indiferencia ante las protestas sobre las atrocidades cometidas en las zonas controladas por él durante la guerra civil. El alcance de la represión en la guerra y durante los años cuarenta sorprendió a fascistas italianos como Ciano y Farinacci, e incluso a Himmler. La crueldad de Franco la facilitaban aún más su falta de imaginación y su convencimiento de que era un Cid contemporáneo que había salvado a su nación. A Franco le encantaba la coreografía pseudomedieval que caracterizaba muchas ceremonias públicas en las que participaba. La representación generalizada de Franco como rey guerrero (rey caudillo) le excitaba personalmente y, al mismo tiempo, era crucial para lo que pasaba por ideología en su dictadura. En cuadros y carteles, en las ceremonias de su régimen, se creó la impresión de que Franco era omnipotente y capaz de verlo todo, mediante la proyección de una imagen de santo cruzado al que Dios había confiado una misión.





Franco salió de la guerra civil con mayores poderes -al menos en teoría- que Felipe II. Y así como antes se había presentado como un cruzado medieval que iba a reconquistar España de manos de los moros, en un paso previo a la construcción de un gran imperio mundial, ahora empezó a considerarse semejante a un gran constructor de imperios como Carlos I o Felipe II. La única forma de lograrlo era subirse al carro de Hitler. Fue una suerte para Franco que el Führer no estuviera preparado para concederle el imperio francés en el norte de África, reconstruir el Ejército español y emprender la reconstrucción económica del país. La derrota de Hitler en 1945 significó el final de lo que, hasta ese momento, había sido una cadena casi ininterrumpida de triunfos para Franco. Pero él siempre fue el supremo pragmático. No tenía ninguna visión ideológica de largo alcance que le limitara en sus decisiones, como les había ocurrido a Hitler y Mussolini. No consideró necesario morir en las ruinas del búnquer.





Franco decidió aguantar la hostilidad de los aliados y lo hizo con un grado de astucia e intuición que hace imposible dudar de su extraordinaria inteligencia política. Durante la llamada noche negra del franquismo, su círculo inmediato de colaboradores temió que llegara el fin de su poder, pero Franco decidió que lo mejor que podía hacer era reescribir la historia de su papel en la II Guerra Mundial. Después de casi 10 años de estar sometido a la adulación diaria, era incapaz de ver las contradicciones entre sus necesidades políticas personales y las de España. Desechó las críticas extranjeras contra su persona y dijo que eran obra de una conspiración masónica contra España. Durante la guerra fría hizo de la prensa una utilización vergonzosa, como instrumento para su supervivencia y para sus caprichos políticos. Se insistió a diario en la noción de que Franco -el hombre que con tanta diligencia había cortejado a Hitler- había salvado personalmente a España de la II Guerra Mundial. Y el ostracismo internacional provocado por su adhesión al Eje se presentó como un perverso asedio internacional motivado por la envidia de los demás países debido a lo que él había hecho por España. La nueva imagen pasó a ser la del heroico comandante de Numancia. Era incapaz de concebir que el descontento de otras personas pudiera tener una explicación objetiva, sino que lo consideraba obra de agitadores comunistas extranjeros y siniestros francmasones. Este alejamiento de la realidad le daba a Franco una confianza total en sí mismo, sin ningún viso de autocrítica. La convicción de que siempre tenía razón le proporcionaba la flexibilidad necesaria para adaptarse sin cesar a los cambios de las circunstancias nacionales e internacionales.





El éxito en esa tarea culminó con la firma del Concordato con el Vaticano y el pacto con Estados Unidos de 1953. En la cima de su poder, Franco empezaba a forjar una nueva imagen, una nueva máscara: la de padre del pueblo, un papel que, con el paso de los años, se transformaría en la del bondadoso abuelo del pueblo. Sin embargo, a mitad de los años cincuenta, Franco no sólo no había logrado hacer realidad sus sueños imperiales, sino que, al contrario de lo que decía la propaganda del régimen, gobernaba un proceso de empobrecimiento nacional gracias a la política económica de la autarquía. En 1957 era evidente que España estaba al borde de la bancarrota. Franco tenía 65 años, una edad en la que la mayoría de la gente piensa en la jubilación. La dimensión y la complejidad de los problemas económicos de España empujaron a Franco a reconocer que hacían falta mentes más expertas que la suya. En consecuencia, ante el temor de que volviera el gasógeno a las calles españolas, Franco entregó el gobierno cotidiano y concreto del país, muy a su pesar, a los tecnócratas. Ése fue el momento en el que, en la práctica, Franco se retiró del puesto de jefe de Gobierno ejecutivo, para asumir un nuevo papel, mucho más ceremonial, como jefe de Estado. A partir del final de los años cincuenta pudo abandonar gran parte de las preocupaciones del Gobierno y dejó la administración del día a día en manos del almirante Luis Carrero Blanco y su equipo de tecnócratas. Él se quedó con numerosas obligaciones rutinarias que cumplía al estilo de un monarca: recibir a numerosas personas en audiencia, inaugurar obras públicas, presidir las reuniones de los consejos de ministros y asistir a servicios religiosos. Mientras otros se encargaban de las complejas tareas diarias de gobierno, Franco dedicó el resto de su vida a cazar, pescar, ver cine, televisión y fútbol, hacer quinielas y trabajar en el gran proyecto político que le quedaba: la preparación del posfranquismo, una monarquía franquista en la que él iba a escoger a su sucesor.





Por encima de todo siguió siendo intensamente consciente de la importancia de la imagen. Da la impresión de que se creía su propia propaganda. Aunque, por otro lado, su astucia parece contradictoria con semejante desconocimiento de sí mismo. En una ocasión le dijo a Ernesto Giménez Caballero: "Usted no ha sido nunca ministro conmigo, ¿verdad, Giménez?". El famoso surrealista, con la sensación de que se aproximaba un ascenso, se apresuró a responder: "No, excelencia". Franco replicó con maliciosa tranquilidad: "¿Y por qué será eso?". Éste es el contexto en el que hay que valorar las frecuentes afirmaciones de Franco de que no era un dictador. Era capaz de juzgarse benévolamente a sí mismo con total sinceridad, convencido, en cierto modo, de que el hecho de que dejase hablar a sus ministros en las reuniones del Gabinete compensaba con creces el Estado del partido único, la censura, los campos de concentración y la maquinaria del terror. Además, las decisiones que consideraba verdaderamente importantes las tomaba, muchas veces, al margen del Consejo de Ministros. Dado que podía leer a diario, en la prensa del movimiento, que era el salvador de España, amado por todos menos por los siniestros agentes de las fuerzas ocultas, no es de extrañar que Franco no se considerase un dictador.





Esa opinión la facilitaba aún más el hecho de que Franco tenía una autocomplacencia que le permitía distanciarse, con absoluta sinceridad, de las consecuencias de sus acciones. Durante la II Guerra Mundial hubo muchas ocasiones en las que sencillamente no estaba para nadie, huía de las responsabilidades del Estado y se iba a cazar o pescar. Así ocurrió durante los días cruciales de la invasión alemana de Rusia en junio de 1941. O durante las primeras horas de la Operación Antorcha, a comienzos de noviembre de 1942, cuando el embajador estadounidense, Hayes, informó al ministro de Asuntos Exteriores, Jordana, de que los aliados no tenían intenciones hostiles respecto a España. Esa misma actitud pudo verse en su forma de abordar la lucha interna por el poder en los años cuarenta. Cuando los militares se le quejaban, él -jefe nacional de FET y de las JONS- hacía caso omiso y decía que "con estos falangistas nada se puede hacer"; o decía -él, que era generalísimo de los ejércitos- a Ramón Serrano Súñer que diversas sugerencias eran imposibles porque "con estos militares no se puede hacer nada". Es conocida la historia de que, cuando su amigo el general Agustín Muñoz Grandes se interesó por el destino del general Campins, en otro tiempo compañero suyo de estudios en la Academia Militar de Zaragoza, Franco contestó: "Le fusilaron los nacionales", como si él no hubiera tenido nada que ver en el asunto.





La notable falta de una memoria popular duradera sobre el Caudillo es un indicio de la pérdida de relevancia que fue teniendo un Franco cada vez más enfermo durante los últimos años de la dictadura. Un ejemplo es este incidente de 1968 en Santander. Después de una reunión para informar sobre asuntos ministeriales, un miembro del Gabinete le pidió que le firmara una fotografía en la que aparecían ambos, junto a otros ministros. Franco aceptó, se puso las gafas, cogió una pluma y vaciló, miró al ministro y le preguntó: "¿Cómo se llama usted?". Se dice que, a principios de los años sesenta, muchas veces no podía recordar a figuras importantes del régimen y que, cuando le preguntaba a su mujer, doña Carmen le respondía: "Sí, Paco, ¿no te acuerdas? Ése que le hicimos ministro en el año tal". El olvido colectivo del Caudillo es además, sobre todo, consecuencia del desarrollo que ha experimentado España desde 1975. En el año 2000, Franco sigue siendo un personaje contradictorio que, para la mayoría de los jóvenes españoles, parece pertenecer a un lejano pasado histórico.









© Copyright DIARIO EL PAIS, domingo 19 de noviembre de 2000

Tras las huellas de la zona nacional



Un recorrido por los símbolos franquistas en algunas ciudades prueba que el dictador ya no está en la calle pero tampoco ha entrado en el museo: se halla en un cajón de la memoria de los españoles. Franco todavía pesa, pero no hiere



ARCADI ESPADA

Después de veinticinco años, la zona nacional, la zona franquista de España, es una convención vaga, limitadísima, aunque pueda levantar vistosos titulares de periódicos. La memoria física de Franco -estatuas, honores públicos- se sitúa hoy en un terreno indeciso. Franco no está ya en las calles, pero tampoco ha entrado en el museo. En realidad, y forzando conceptualmente la metáfora, no parece que los españoles sepan qué hacer con Franco. Un recorrido por algunas zonas de la memoria franquista prueba algunas excepciones -la ciudad de Santander o el museo militar de Madrid- y una constante: Franco pesa, pero no hiere.





Ferrol, plaza de España





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-¿Usted es partidario de quitar la estatua?





-Yo sí.





-¿Y por qué no la quita?





-Es que pesa mucho.









El número 13 de la calle de

María, en El Ferrol, donde nació

Franco (L. Villar).



El hombre partidario de quitar la estatua es Xaime Bello Costa, alcalde de Ferrol, miembro del Bloque Nacionalista Galego. Hace meses abrió un concurso para remodelar la plaza de España y construir un aparcamiento. Todos los que optaron a él entendieron que la estatua no debía sobrevivir a la remodelación. El concurso se iba a resolver uno de estos días. Pero son fechas muy delicadas.





La estatua ferrolana del general Franco la diseñó Federico Coullaut-Valera Mendigutia. El modelo fue una portada del diario Abc del 3 de abril de 1945. Aquel año y por primera y única vez en la tradición de los desfiles de la Victoria, Franco había pasado revista a las tropas, montado a caballo. La estatuta, de más de seis metros, se fundió en 1967 en los hornos de Bazán. Siempre ha estado en la plaza de España. Pedro Javier González Rodríguez, autor del libro La escultura pública de Ferrol, escribe que "la estatua es grande, pero no grandiosa". Aventura también "la sensación de que el artista no supo conjugar del todo bien a caballero y caballo, con lo cual no parece existir la unidad deseada en toda obra de arte". En esa falta de conjunción insisten algunos gallegos desde hace años cuando gritan que O burro e o cabalo hai que tiralo.





En un momento de la discreta tramitación del proyecto intervino una rubia vivaz, la señora Sara Dobarro, concejala del Partido Popular en el municipio. Asistía a una de las reuniones de la comisión de Urbanismo cuando le preguntó formalmente a la representante socialista: "Oye, ¿tú no crees que la estatuta de Franco es un atractivo turístico?" La socialista volvió la cabeza para que no se le viera del todo la mueca y masculló: "¡Qué coño va a ser un atractivo turístico!" Inmediatamente, la señora Dobarro anunció al pueblo que había que convocar un referéndum sobre o cabalo, y como siempre que cuentan con él el pueblo se mostró entusiasmado. No sólo el alcalde se mesó los cabellos cuando supo de la iniciativa. También los jefes del PP en Ferrol desautorizaron a la concejala. Pero el vocerío empezó a traducirse en encuestas, es decir, en referendos no vinculantes: la mitad del pueblo quiere la estatua.









Estatua ecuestre de Franco

en la plaza de España

de El Ferrol (L. Villar)



El alcalde no convocará un referéndum. Intentará llevarse la estatuta ecuestre de la plaza con autoridad y delicadeza, horadando pacientemente el subsuelo. Pero el problema es lo que hacer con ella. El alcalde no la quiere en ningún otro rincón público. Tampoco mandará fundirla: el diseño de la transición no incluyó que la estatuta ecuestre de Franco pudiera volver a su estado mineral. Ha pensado en donarla a los militares, tal vez al Museo Naval. Humm..., los militares. Le han hecho saber, con pudor y sigilo, que los militares, señor, están más interesados en la mejora de su arsenal tecnológico que del simbólico.





Así pues, lo más probable es que la estatua acabe en el almacén. No parece un lugar impropio. En realidad, descartada la calle o los museos, el almacén es el lugar exacto que Franco ocupa en España. Un lugar amontonado, polvoriento, indeciso, un lugar sin criterio. Franco enseñó a los españoles que los problemas más difíciles se resuelven metiéndolos en el cajón. Ahí está él ahora. Ricardo Nores, historiador local, hijo del que fuera cronista de la ciudad, asiente con tristeza ante la posibilidad de que los españoles no sepan qué hacer con Franco. La tristeza puede venir de la tarde, que gotea. O de que Nores se dedica a la historia y le gustaría ver al general, honrosamente, en sus dominios. O de que se acuerda de su padre y de la familiaridad cariñosa con la que hablaba de Franco.





-Le contaré una historia. Cuando instalaron la estatua, Franco se negó a inaugurarla. Le daba vergüenza. Pero Ella insistía. Ella insistía siempre en las exhibiciones. "Al menos ve a mirarla" -acabó diciéndole. Así que montaron en el coche y fueron hacia la plaza de España. Ni bajó. Ella explicó luego que cuando pasaron por delante, Franco comentó que a quién se le había ocurrido esa barbaridad, y que mandó al chófer que acelerara mientras decía: "¡Ya está inaugurada!".





Nores camina lentamente y le gusta detenerse para rematar todos los finales de historia, con indiferente veteranía respecto de la lluvia. Ante el número 136 de la calle de María, donde nació Franco, repara en las dos lápidas que la honran y advierte que la del hermano Ramón y su vuelo Plus Ultra se colocó muchos años antes. A dos pasos, flotando en la pecera del Casino Ferrolano, una máscara de mujer viejísima, sola e inmóvil contempla la calle vacía. De esa pecera, y de su antiguo bullicio, surgió en 1964, la idea de un monumento a Franco: "La entidad Casino Ferrolano que suscribe la presente petición, haciéndose eco del deseo unánime y popular de que El Ferrol del Caudillo cuente con un monumento..."





Nores ha querido acabar en la plaza de Amboaxe. Una estatua recuerda al marqués.





-Llevo en el mundo más de sesenta años- se detiene Nores. Aún no he oído pedir a nadie que se retire la estatua en honor del marqués de Amboaxe. Que era un negrero.





Barcelona, Bar Sándor





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En el medio kilómetro comprendido entre el Turó Park, la Avenida del general Goded, la plaza de Calvo Sotelo y la Avenida Infanta Carlota Joaquina, el franquismo vivía y trabajaba en Cataluña. Allí lo tenían todo resuelto: invertían en el Banco de Madrid, tomaban el aperitivo en Sándor, compraban Marqués de Riscal en Lafuente y empezaban a besarse en el Turó. Más allá, en los confines de Avenida de Sarrià pongamos que en Mr. Dollar, las mejores chicas de Barcelona se estiraban la mini hacia la rodilla, con un pudor desvergonzado que los enloquecía.





Goded, Calvo Sotelo y Carlota Joaquina han dejado su lugar a Pau Casals, Macià y Tarradellas; el Banco de Madrid no es ya una cosa ni otra; Lafuente cerró y el Turó Park ha perdido su k fundacional, básica, chic. En cuanto al sexo, y en estas edades, ya sólo es sauna, masaje y sex telephon. Pero Sándor resiste. Es cierto que ya no hay porteros con su bata de rayadillo, tomando café en la barra a precios especiales, y se ven muy pocos bigotes de alquitrán. Pero este noviembre aún he oído allí el doble y remoto crujido de los limpiabotas; primero, la columna vertebral y, después del lustre, la mano cerrándose sobre el billete nuevo, acabado de estrenar: el crujido es todo lo que queda del franquismo en la ciudad.





A dos pasos del Sándor, se alza un monumento hoy incomprensible, mero objeto atónito. Fue levantado en 1964 en memoria de José Antonio Primo de Rivera. Cuando 15 años después, Narcís Serra llegó a la alcaldía de la ciudad los progres le animaban a destruirlo. No lo hizo: mandó, simplemente, que desprendieran las flechas y el yugo. Una operación similar se hizo con el monumento a los Caídos ("Dulce y decoroso es morir por la Patria", aún reza la inscripción: pero cualquier patria sirve y mucho más en latín) y con el monolito a la Victoria del final del Paseo de Gràcia. Hoy las dos construcciones sorprenden como un ojo vacío. Pero se trató de una decisión de gran inteligencia simbólica; fenicia, si se quiere, pero eficaz. Las huellas borradas resisten mucho tiempo en la memoria: de haber triunfado, incluso los alegres promotores del derribo hubiesen visto allí cada día el fantasma de piedra falangista. Por el contrario, una huella deformada no rompe la costumbre; y la costumbre es la mejor estrategia del olvido.





Así es como, extramuros de Sándor, la mezcla y la confusión gozosamente reinan.





Madrid, Museo del Ejército





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La sala de la guerra civil del Museo del Ejército, en Madrid, presenta algunas deficiencias museográficas, de orden técnico. Faltan piezas. Es cierto que en una vitrina se muestra el capote militar del general, sus uniformes de gala y de campaña y hasta un pañuelo limpio; que cuelgan de sus paredes dos óleos muy cariñosos con el general, firmados por Agustín Segura (1949) y Enrique Segura (1966) y que en otra sala contigua se exhibe el mítico retrato de F. A. Sotomayor, donde el general monta blanco corcel sobre fondo de ruinas; que en la sala se exhiben maquetas de gran interés, a saber, la del aeroplano Olley Air Service LTD que trasladó al general a la Península, o la de la Ciudad Universitaria después de la turba roja, o incluso la maqueta, protegida de la luz, del despacho del general Moscardó; que un óleo, de grandes dimensiones, muy informativo, inserto, quién lo dudaría, en la gran tradición española que comienza con Goya y los fusilamientos del 2 de mayo, muestra a las víctimas de la matanza de Paracuellos del Jarama, cada una con su nombre, en silueteado aparte; que en la sala, en fin, se honra a los generales Goded y Mola y a tantos otros particulares: pero si aquello fue una guerra alguien la tuvo que perder y en la sala flatulenta y deshonrosa no hay un mísero retal de memoria republicana.





Esta es la primera zona nacional de Madrid y a su lado empalidecen el Casino de Alcalá, las matinales de domingo en la Iglesia de los Jesuitas, la cafetería del hotel Mindanao, el cocidito de La Bola y la estatua de Nuevos Ministerios. Sobre la estatua -ecuestre, obra de José Capuz-, Francisco Franco pronunció unas palabras de gran calado profético el 18 de julio de 1959, día de su inauguración. Dijo, según La Vanguardia Española:





"No necesitaba que me pusieran una estatuta para tenerme entre vosotros"





Son palabras lúcidas, claras e irrevocables como un testamento. Pero el Ayuntamiento de Madrid se resiste a escucharlas. Se dice maniatado. Preso. Im-po-si-bi-li-ta-do.





-¿Tienen planes para quitar la estatua?





-No -responde una portavoz de la concejalía de Urbanismo- Es que, además, no podemos porque la estatuta no es nuestra.





-¿De quién es?





-Ah, no lo sabemos. Nosotros la limpiamos y tal, pero nuestra, nuestra no lo es. Debe de ser de un ministerio, algo así, el de la Vivienda, que ya no existe, pero tampoco sabemos bien bien de quién. Y cómo vamos a quitar algo que no es nuestro. Es lo que decimos. La limpiamos y tal, pero nuestra...





Sólo hay un hombre en Madrid que sepa qué hacer con Franco. Trabaja en un piso minúsculo del paseo Santa María de la Cabeza. Su inteligencia y su cultura están muy por encima de la época que le tocó en suerte. Y también superan su profunda capacidad de desprecio. Gonzalo Fernández de la Mora, ex ministro de Franco y escritor muy notable, dirige Razón Española, una revista que desafía al oxímoron, y entre cuyos propósitos vertebrales destaca la reivindicación intelectual del régimen de Franco. El número 104 de la revista va íntegramente dedicado a Franco. Y el 105 también lo estará. Le sobra material.





En el editorial del último número escribe el editor sobre la memoria histórica de Franco: "Los relatos con odio o a sueldo son un atentado al logos porque no dan razón, sino sinrazón; pero no suelen perdurar. Los hechos son tercos y sobreviven a los manipuladores. Tiempo al tiempo". Sin embargo, el signo de la memoria popular -calles, plazas, estatuas-, no altera su imperturbabilidad.





-¿Calles a Franco? Y qué más da. Tampoco Trajano tiene una calle en Madrid.





Todo plural le produce alergia.





-¿Franquistas? No hay franquistas en España. No puede haberlos. Como no puede haber carloquintistas.





Santander, ciudad





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El último verano, un grupo de historiadores invitados por la Universidad Menéndez Pelayo al seminario La mirada retrospectiva de la historia hicieron prácticas sobre el terreno de la ciudad de Santander. El paseo los dejó boquiabiertos. Una decena de monumentos honra allí la Victoria y sus aledaños y un número muy estimable de lápidas callejeras conducen al viajero al núcleo de la épica franquista. Los historiadores, con Charles T. Powell a la cabeza, exigieron a los políticos que afrontasen el asunto y que libraran a la ciudad de semejante violencia simbólica. Los políticos están estudiándolo.





Mientras tanto la pregunta es cómo Santander ha llegado a ser la ciudad más franquista de España.





-Tiene razón, lo es. Más que Burgos y más que Valladolid. En esta ciudad son de derechas los camareros, las putas, los mendigos y, sólo en último término, los señores. ¡Ah, si usted conociera a fondo los formidables mendigos de Santander!





Jesús Pardo, de Santander, escritor duro y libérrimo, sostiene que sólo una cierta promiscuidad sociológica apuntala hoy los diez monumentos franquistas de la ciudad: que los hidalgos pobres de antaño, luego enriquecidos tras su experiencia ciudadana, los que hoy forman la alta burguesía santanderina, siguen teniendo carne de puta y de mendigo.





-Unos y otros se respetan y piensan lo mismo sobre la vida- sigue Pardo. Los pobres de hoy están sometidos a los pobres de ayer, pero su cosmovisión no ha variado.





Como todas las bellezas profundas, la de Santander está hecha también de indiferencia. Y el debate sobre los símbolos franquistas resbala como la luz sobre la neblina de la playa. Aquí no gritan ni las piedras. Ni las propias piedras elevadas al hermanamiento con el fascio ("Españolita, no te enamores, deja que vengan los bravos españoles/ los italianos se marcharán y para recuerdo algún bebé te dejarán") parecen integradas perfectamente en el paisaje. No es extraño que algunos libertinos propongan hacer de la ciudad un museo al aire libre, con sus itinerarios bien señalizados: tal vez crean que no hay épica que pueda resistir el sometimiento a la numeración y al catálogo.





Pardo:





-Franco es ridículo. Todos los dictadores son ya ridículos. ¿Quién puede hoy creerse la panza de Franco y el bigotito de Hitler? En cuanto a sus piedras, ya no hacen ningún daño.





Arroyovil, cortijo





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A un par de kilómetros de Mancha Real, en la provincia de Jaén, en un cortijo arrancado a los olivos, Francisco Franco Bahamonde fue feliz. Allí, entre 1957 y 1972, cazó la perdiz, roja, y 15 veces pasó el fin de año entre lo suyos. Hoy han muerto todos. De Arroyovil sólo queda este hombre, Andrés Martínez-Bordiú, conde de Morata, hermano del que fuera marqués de Villaverde e hijo del Conde de Argillo, consuegro de Franco. Un parkinson incipiente bloquea su mandíbula, pero la enfermedad y sus 81 años aún le permiten habitar en solitario la casa, trabajar en los olivos, y encarar el viento otoñal de Sierra Mágina con unos tejanos trozeados y una leve camisa de algodón. El conde tiene pocas visitas, un whisky muy hospitalario y una veintena de álbumes fotográficos donde la dictadura exhibe su intimidad. Por supuesto, esta intimidad no resulta obscena en sí misma; depende de quien la mire.





El conde, amabilísimo, evoca a Manolo Caracol cantándole a Carmen y Mariola para que bailen una suerte de bulería yeyé, a Manuel Benítez el Cordobés tirando a dar con el Caudillo, a José Solís Ruiz, tenaz, año tras año, en su propósito de que Alfonso de Borbón fuera Rey, a doña Carmen cosiendo bajo una cerámica escrita con el gracejo insufrible del género: "Los enemigos del hombre son tres, suegra, cuñada y mujer", al marqués de Villaverde, su hermano, apartándose a las mujeres, a Franco sentado en un sillón de orejas, contemplándose en la Telefunken, durante el discurso de Nochevieja: "Españoles: Al doblar el cabo del año..."





-¿Quieren ver ustedes la habitación de un Jefe de Estado? - se levanta de pronto el conde como obedeciendo a un rito.





Al igual que el resto de habitaciones de la casa ésta lleva un nombre escrito con hierro forjado: "Franco", secamente. Detrás del nombre hay apenas seis metros cuadrados y dos camas, muy cortas, con un cubrecama de geometrías variables. Por la ventana, los Franco veían una aglomeración de tejas y unos olivos lejanos. No es, ni de lejos, la mejor habitación de casa, sino, exactamente, la habitación de un consuegro emparentado con un terrateniente aristócrata.





-Lo único que falta son los teléfonos que le instalaban al venir. El resto he querido dejarlo como estaba.





Buena parte del cortijo está decorado a la manera de la droite divine y algunos rincones, como el de la chimenea, podrían formar parte, con sus cojines peludos, de una discoteca sixty, Cala Gogó, por ejemplo, allí donde dejara honda huella el catalán Jaime Castell, visitante habitual de la casa y dueño del Banco de Madrid, que presidiera el conde de Argillo. Hasta el propio Franco acaba dominado aquí por ese aire. El mínimo rastro de su traza chusquera ha desaparecido: en el campo, aliñado con ropas de cazador y protegido tras unas Ray-Ban monumentales, no provoca mayor violencia que un burgués envejecido, pero a la moda, de Serrano: en las fiestas de Nochevieja, sonriente e impecable con su smoking, parece un demócrata.





El cortijo tiene un anexo, pija y deliciosamente llamado La Cateta. Una íntima planta baja y arriba las habitaciones. Aquí, los más jóvenes y bravos aguardaban al alba, mientras que en la casa reposaban los mayores, durmiendo sonrientes bajo el efecto de los chistes de Ángel de Andrés. El conde ha empezado por aquí las reformas.





-En enero inauguramos: turismo rural.









© Copyright DIARIO EL PAIS.20 de noviembre de 2000







Daguerrotipo de un dictador



Como dictador, Franco sólo tuvo una ambición sin fisuras: durar, durar, durar hasta morir y una vez muerto ser enterrado con honores de faraón y que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas



MANUEL VICENT



(Loredano)



Sin duda una de las personas que conoció más profundamente la psicología de Franco fue Pedro Sainz Rodríguez, su amigo de juventud en Oviedo, conspirador durante la República, ministro de Educación mientras duró la guerra civil y exiliado monárquico después. En los últimos años de su vida tuve el placer de almorzar algunas veces con este personaje sabio y mordaz, y de sus labios empastados con salsas muy selectas que se le derramaban sobre la servilleta anudada en su nuca carnosa oí algunas opiniones acerca del dictador que componen a mi juicio su perfil más verídico.





"Yo era catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo y Franco durante sus permisos de África se acercaba por allí para hacerle la corte a doña Carmen y ella le daba calabazas porque su padre consideraba que la profesión de Franco era muy peligrosa. Carmencita, cualquier día te lo mata un moro ¿y que hacemos? Ser legionario era entonces como ser torero. Paseé muchas noches con él después de cenar por la plaza de la Escandalera hasta las tres de la madrugada y Franco, todo un comandante, no paraba de gimotear, ¿se imagina usted a Franco lloriqueando y sorbiéndose los mocos con un pañuelo? y yo le decía: Nada, Paco, tu insiste y ya verás como al final la consigues. Como así fue".





La consiguió. Pero matar a Franco tampoco era tan fácil como creía su suegro. Cuando en Marruecos iba al frente, antes de entrar en combate, sólo tomaba un vaso de leche y gracias a eso se salvó del tiro que le pegaron en la barriga. Si se hubiera atiborrado de chorizos y cazalla como hacían otros militares para darse valor no habría sobrevivido. Era muy precavido, nunca sacaba el pecho de la trinchera y no presumía de esa cosa tan española de no querer escolta. "A mí que me pongan toda la policía que haga falta", decía después cuando ya era dictador. Un día iba Sainz Rodríguez con Franco en aquel Mercedes blindado que le había regalado Hitler y al mirar por una ventanilla veía una cola de caballo, miraba por otra y veía la cola de otro caballo. "Mi general, el panorama que tiene usted desde este coche no es muy divertido", comentó el ministro. Franco le contestó: "Sí, sí, pero fíjese bien, no hay forma humana de meter el brazo y de que me peguen un tiro, jí.jí.jí".





Franco tenía muy desarrolladas sólo las virtudes menores. No era noble, magnánimo o preclaro, sino taimado, obstinado, receloso, desconfiado, con un instinto finísimo para percibir el lado malo o débil de cada persona que sabía aprovechar muy bien en beneficio propio. Por eso quedaba desconcertado cuando alguien por simple decoro se mostraba renuente a aceptar algún cargo o prebenda. "No es posible, pregúntenle, pregúntenle, investiguen, que algo querrá". "Excelencia, realmente ese hombre no desea nada". "No es posible -contestaba el dictador- pregúntenle, investiguen mejor y verán como oculta algo".





Desde muy joven Franco se nutrió casi exclusivamente de las primeras experiencias que recibió en Marruecos. Este fue el principio fundamental de su vida: creer que a las personas se las somete con las dádivas o con el terror y en ambos casos hay que llegar hasta el fondo. "Al amigo, una cántara de leche de camella, al enemigo, una patada en la tripa", se dice en la cultura árabe. Allí el concepto de adversario político no existe, si no estás conmigo estás contra mí, y esta enseñanza cainita se la trajo el dictador a España. Por otra parte desde sus tiempos de teniente africanista asimiló el boato fastuoso e impúdico del Sultán como algo natural y eso le permitió adornarse sin sonrojo con la guardia mora y vivir en un palacio con las 18.000 hectáreas de los montes del Pardo a su disposición, acordonar 20 kilómetros de un río para pescar una trucha, hacerse acompañar de un destructor de la Armada en busca de un cachalote, poner a un guardia civil de plantón cada cien metros en la cuneta desde Madrid a Cazorla cuatro horas antes de que él pasara por esa carretera a matar perdices o venados.





En realidad sólo era un militar. Tenía en la cabeza una papilla somera ligada con algunas ideas extraídas de aquí y de allá del Tradicionalismo y de Acción Española, con cuatro tópicos de la Historia de España y lugares comunes sobre los peligros del comunismo, las asechanzas de la masonería y del valor patriótico que le sirvieron de adobo para su guión de la película Raza. Consideraba que toda España era un cuartel bajo su mando, por tanto a los ministros los trataba como coroneles y los dejaba hacer a su aire en su respectivo regimiento o ministerio. En principio tuvo alguna veleidad literaria pero no una ambición política. Antes del golpe del 18 de Julio el general Sanjurjo hizo firmar un papel a todos los demás generales conjurados para que indicaran el cargo que querían cuando el Alzamiento triunfara. Franco manifestó expresamente que deseaba el puesto de Alto Comisario de España en Marruecos. Hasta última hora no se decidió entrar en la sublevación. Se sumó a ella con un telegrama al general Mola que decía así: "He sido y siempre seré fiel a la República". Ese acto de adhesión era la contraseña de su traición. De esta forma estaría a salvo si lo interceptaban los servicios de espionaje. Previamente exigió que le pusieran 40.000 duros en Italia, una cantidad que dice mucho de su cortedad de miras.





Durante una de aquellas sobremesas le pregunté a Sainz Rodríguez si Franco tenía afición a la lectura. Me contestó que Franco fue tal vez el único estadista del mundo que no mandó hacerse el retrato clásico de prócer con un libro en la mano. De su corto periodo de ministro Sainz Rodríguez recordaba aquella vez que estuvo arrodillado junto a Franco en un mullido reclinatorio durante una misa en la catedral de Salamanca. El dictador tenía un gordísimo misal en las manos y durante toda la misa no cambió de hoja. Se pasó todo el rato mirando por el rabillo del ojo quien entraba y quien salía. No se sabe si Franco leyó un libro entero alguna vez. Está comprobado que el misal no lo leía, pero unos días antes de que la Legión Cóndor regresara a Alemania quiso preparar el discurso de despedida sin ayuda de nadie y para eso se encerró varias tardes en una habitación donde sólo había el diccionario Espasa. Llegado el momento desde el balcón dijo a los aviadores que bombardearon Guernika: "Podéis volver a vuestra patria con orgullo. Los españoles nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán".





Como dictador Franco sólo tuvo una ambición sin fisuras: durar, durar, durar hasta morir en la cama y una vez muerto ser enterrado con honores de faraón y que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas. Contra lo que pueda parecer a simple vista el dictador no estableció una censura ideológica. A Franco el concepto sobre el mundo le traía sin cuidado. Sólo machacaba a quienes se enfrentaban directamente con él o ponían en cuestión su poder. Por eso consideraba que su enemigo más peligroso era Don Juan de Borbón. El comunismo y la conjuración judeo-masónica eran una coartada retórica para cubrirse. Su demonio no estaba en Rusia sino en Estoril. La censura moral la dejó en manos de la Iglesia.





Desde los años de la guerra en Salamanca donde firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche hasta las sentencias de muerte de su último septiembre de 1975 Franco se fue adaptado de forma pragmática como un galápago a la realidad cambiante del país. Cuando al final del periodo de la autarquía se abrió la caja fuerte del Banco de España y allí dentro sólo había un par de gaseosas y un sello de correos llegó el Opus al gobierno y Ullastres le dio unas clases a Franco para explicarle qué era la oferta y la demanda. Logró convencerle de que la peseta no era una bandera nacional que había que enarbolar con orgullo sino una divisa sometida a las leyes del mercado. "Bueno, haced lo que haya que hacer. A mí dejadme matar perdices". A él le bastaba con refregar su victoria por las narices de los perdedores de la guerra cada 18 de Julio, incapaz como fue de olvido y perdón.





Vino la estabilización de 1959. Comenzó la expansión económica, se formó el tejido de una clase media, se fueron los emigrantes a Europa, llegaron los turistas. Cuarenta años son muchos años. Bajo la humillación de la dictadura España fue cambiando biológicamente de piel, la gente logró olvidar la caspa de postguerra, conoció también los beneficios del bienestar europeo y aunque Franco logró expirar en la cama, realmente el franquismo había muerto atropellado por el Seat 600 en plena calle a mitad de los años sesenta. El resto hasta el 20-N de 1975 fue un residuo con gases lacrimógenos. Franco murió rodeado del manto de la virgen del Pilar, del brazo de santa Teresa y de otras reliquias y objetos milagrosos, un mundo negro de Solana que se combinaba de forma surrealista con monitores cibernéticos, tubos y cables en un circuito en medio del cual el cuerpo exangüe del dictador sólo era una parte aunque no ya la más importante. En realidad estaba posando en el lecho de la muerte para que lo fotografiara su yerno, el marqués de Villaverde, convirtiendo aquella agonía en un esperpento más de la Historia de España.









© Copyright DIARIO EL PAIS,domingo 19 de noviembre de 2000



La cara que veía en todas partes



"Franco, para un niño de cinco o seis años, era sobre todo un nombre, y también una voz, la que de vez en cuando se escuchaba en la radio después del pitido de un cornetín"



ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Franco estaba casi en todas partes, pero también era una figura en gran medida irreal, remota, a la manera de los monarcas asiáticos. La cara de Franco estaba en todas las monedas, y con diversos colores también en todos los sellos de correos, y la veíamos cada mañana escolar al entrar en el aula, encima de la pizarra, a la derecha del crucifijo. A la izquierda estaba la foto de José Antonio, más joven que Franco, la nariz y la barbilla enfáticas y el pelo engominado como un actor de cine. A Franco lo veíamos también en el noticiario en blanco y negro que daban antes de las películas, aquel NO-DO que nos fastidiaba tanto, y al que nadie hacía caso, y que a los niños nos desconcertaba, porque no acabábamos de distinguir si sus imágenes eran o no de ficción. Franco, en el NO-DO, era un abuelo menudo que llevaba trajes oscuros y sombreros de ala corta, o grandes botas de pescador de río, o uniformes que empaquetaban su figura y la hacían aún más diminutiva.









Propaganda de guerra.



Eran los tiempos anteriores a la televisión, así que nos faltaba la familiaridad visual con las caras de los gobernantes que poco después impusieron los telediarios. Franco, para un niño de cinco o seis años, era sobre todo un nombre, y también una voz, la que de vez en cuando se escuchaba en la radio después del pitido de un cornetín. En la noche del 31 de diciembre Franco daba un discurso en la radio, y su voz era un hilo tembloroso que tenía la misma irrealidad y la misma presencia paradójica de las voces de los locutores y de los cantantes, de los actores que interpretaban los folletines de las tardes. ¿Dónde estaba esa gente a la que escuchábamos tan cerca y a la que no veíamos, que nos hablaba desde el interior misteriosamente iluminado de un aparato cuyo funcionamiento era uno de los grandes enigmas sin explicación que rodeaban nuestra vida?





Franco estaba en todas partes, y también muy lejos. Mandaba sobre todos nosotros pero tenía un hilo de voz que a veces se perdía entre los ruidos estáticos de la radio. Una vez nos hicieron formar en uno de los grandes patios del colegio, una multitud cuadriculada de mandiles azules, y nos dijeron que Franco iba a venir, o que iba a pasar en su coche delante de nosotros. De pronto hubo un clamor, un mar de vítores y manos agitándose sobre las cabezas pelonas, pero yo era tan pequeño que no pude ver nada, y en unos segundos todo había terminado.





Franco debía de ser invisible, invisible y todopoderoso, como aquel otro personaje que también daba mucho miedo, Dios. En el colegio, los sábados por la mañana, había una especie de examen espiritual. Nos quedábamos callados en nuestro pupitre, callados y con las manos juntas, como en la iglesia, y por un altavoz que había sobre la pizarra, no lejos de la foto de Franco, escuchábamos al Padre Espiritual, también invisible. El Padre Espiritual, desde el micrófono de su despacho, desgranaba un sermón que escuchábamos al mismo tiempo todos los alumnos y maestros del colegio, en cada una de las aulas, y que resonaba también en los largos corredores vacíos. En el momento del examen de conciencia, en el que el Padre Espiritual iba diciendo la lista de los pecados que podíamos haber cometido esa semana, a fin de que cada cual recapacitara sobre los suyos, había que bajar la cabeza y esconderla entre las manos, cerrando los ojos, supongo que para lograr un máximo de recogimiento. Si uno, aburrido, miraba con disimulo entre la celosía de los dedos cruzados, podía encontrarse con la mirada reprobadora del maestro, pero también con la de Franco, irreal y omnipresente en su fotografía. Mucho más joven en ella que en las imágenes de los noticiarios, como si tuviera la potestad de ser joven y viejo al mismo tiempo, igual que Dios era Dios y era a la vez Jesucristo y el Espíritu Santo, Uno y Trino, decía el catecismo. Un lío.





Éramos niños católicos y niños franquistas. No conocíamos a nadie que no fuera católico y franquista. Si nuestros mayores sentían algo de disgusto hacia el régimen procuraban mantenerlo en secreto. Durante la misa, el cura solicitaba la protección divina primero para el Papa y para el obispo de la diócesis, y en tercer lugar para "nuestro jefe de Estado, Francisco". El 18 de julio era un día estupendo porque había fiesta y porque la gente recibía una paga extraordinaria. Una vez hubo desfiles de soldados con botas y correajes relucientes y bandas de música, y se inauguró un parque, y la ciudad se llenó de carteles con una foto de Franco sonriente, sentado en un sillón rojo y dorado como un trono. En los carteles, en las banderolas, en las pancartas que colgaban de las calles, se repetía el mismo letrero: 25 años de paz.





Era 1964: yo tenía siete años y acababa de hacer la primera comunión. El cuerpo y la sangre de Cristo estaban en la delgada oblea de harina que sabía tan raro y que se adhería al paladar. El pan era carne, y el vino era sangre, y Dios veía todo lo que hacíamos, aunque nos creyéramos solos, y adivinaba todos nuestros pensamientos, aunque estuviéramos bien cobijados en la oscuridad del dormitorio, en la dulzura de las mantas. Dios era nuestro Padre que estaba en los Cielos, pero Franco, de algún modo, también era padre de todos nosotros, o más bien abuelo, y estaba en un sitio no menos inimaginable que el Cielo, el Palacio del Pardo, y también era omnipotente y lo sabía y lo veía todo, y velaba por nosotros. En los noticiarios del cine, antes de la película, aparecía a veces jugando con sus nietos, teniéndolos en brazos, a caballito. Pero también sabíamos que había sido un héroe, el general más joven de Europa, a los 33 años, el salvador de España, el que llevaba dándonos 25 años de paz.





Una vez nos dieron la alegría de anunciarnos que en vez de entrar a clase iríamos al cine, y cruzamos en fila toda la ciudad, encantados de la vida, para ver una película que se titulaba Franco, ese hombre. Era una película rara, porque tenía partes en color y otras en blanco y negro, y porque no era ni de romanos ni del oeste ni de llorar, pero nos gustó bastante a todos, aunque menos que las del Cordobés o las de Marisol o Manolo Escobar.





El tiempo franquista era el tiempo lento y circular de la infancia. Otra vez las calles se llenaron de carteles y de fotos de Franco, pero ahora la consigna repetida era más corta, y más misteriosa, Franco, sí y también Vota sí. Entonces empezamos a escuchar en la radio y en la escuela la hermética palabra referéndum. Iba a haber un referéndum para aprobar una ley, para decirle sí a Franco, y el maestro nos explicaba los artículos incomprensibles de aquella ley, la Ley Orgánica del Estado. Orgánica era una palabra tan rara como referéndum, y también sonaba a iglesia y a latín, a incienso. Con razón veíamos a Franco en los noticiarios entrando bajo palio en las catedrales, recibido por obispos, mientras sonaban órganos y humeaba el incienso.





Una mañana el maestro nos dijo que había un concurso: el alumno que llegara a aprenderse de memoria más artículos de la Ley Orgánica del Estado recibiría un premio. Hubo hasta eliminatorias entre cursos rivales. Los niños franquistas nos aprendíamos de memoria aquella prosa indigesta y jurídica, artículo por artículo, y a lo más que llegábamos era a entender alguna palabra suelta, pero tampoco entendíamos el misterio de la Santísima Trinidad, ni el del funcionamiento de la radio, ni el de la transustanciación del pan y el vino de la misa en carne y sangre de Cristo, en el momento hipnótico de la consagración en que el cura alzaba la hostia y sonaba una campanilla y uno, en vez de cerrar los ojos y taparse la cara hundiendo la cabeza en el pecho, se atrevía a levantarlos, a mirar entre los dedos cruzados.





La final del concurso se celebró en presencia de las autoridades locales: recuerdo una mesa larga en la que había sotanas, camisas azules y corbatas negras, algún uniforme. Recuerdo el gesto aprobador y somnoliento con que me miraba alguno de aquellos jerarcas mientras yo recitaba de carretilla artículos y más artículos de la Ley Orgánica. Entre tantos niños memoriones y franquistas, con mandiles azules y cuellos blancos, repeinados por nuestras madres para la ceremonia, yo debí de ser el más memorión o el más franquista de todos, porque gané el concurso, y me estrechó la mano un señor de pelo negro echado hacia atrás, camisa azul marino y corbata negra. Lo que no recuerdo es en qué consistía el premio. Desde su foto en la pared del salón de actos, a la derecha del crucifijo, Franco me miraba como a un pequeño franquista ejemplar, severo y benevolente al mismo tiempo, como nos miraban las imágenes de los santos en la luz aceitosa de sus capillas.









© Copyright DIARIO EL PAIS, domingo 19 de noviembre de 2000.

El canon del perfecto franquista



"Las aportaciones canónicas de cuarenta años no caben en todas las simas oceánicas, pero si me dejan escoger me quedo con aquella perla que le dedicara Joaquín Arrarás: 'Timonel de la dulce sonrisa"



MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

"Mandamos a todos los sacerdotes que desde el día de la ratificación del Concordato,

en el curso de la santa misa, rezada o cantada, exceptuando las misas de difuntos,

en las primeras oraciones, en las secretas y en las poscomuniones añadan a la oración

Et formulas las palabras Ducem nostrum Franciscum".

El cardenal primado Plá y Daniel (1953)









Francisco Franco, bajo palio, en la

ofrenda del Año Santo de 1971,

en Santiago de Compostela.



Era constante el comentario 'esto no puede seguir así' y yo he de decir que desde 1931 estaba esperando llegase el momento en que hubiéramos de jugárnoslo todo, absolutamente todo". Esta opinión de un combatiente franquista en la guerra civil, recogido por Josep Fontana en el prólogo de España bajo el franquismo, refleja la actitud más consciente de lo que estaba en juego: decidir con una victoria el largo recelo acumulado por la reacción española ante todos los intentos de cambios progresistas, intentados y frustrados desde la Ilustración. El franquismo representó a la española el frente de las derechas tradicionales maquilladas por la modernidad falangista frente a los avances del movimiento obrero, la consolidación de la Revolución Soviética y el problema de los nacionalismos periféricos insurgentes. El diverso sustrato reaccionario y el maquillaje fascista hizo diferente al franquismo del fascismo o del nazismo, pero en los primeros años triunfales del Régimen, Franco y los franquistas trataron de dar espectáculo según la teatralidad mussoliniana y lo que no podían conseguir los modestos atributos físicos de Franco, trataban de lograrlo las cámaras empeñadas en darle la estatura de un César victorioso.





Una vez vencidos Mussolini y Hitler en la II Guerra Mundial, el diseño de Franco y los franquistas trató de adaptarse a la nueva circunstancia recuperando el elemento esencial diferenciador del sustrato: el nacionalcatolicismo. Aunque a lo largo del Régimen sobrevivió el prototipo del falangista franquista como recurso convocante de manifestaciones trascendentales, progresivamente fue sustituido por el del franquista civil bajo palio, con el bigotillo recortado y el ademán contenido, administrador de una victoria providencial e inasequible al desaliento, capaz de repetir una y otra vez el discurso ideológico dominante, verdadero anticipo del pensamiento único fraguado en los despachos del Ministerio de información y Turismo o en la Delegación de Propaganda del Movimiento. Ésa fue la nueva mesocracia dominante tan reclutada por la victoria como por el miedo a que se repitieran las circunstancias que habían propiciado la guerra y beneficiada por las ventajas profesionales y materiales que se derivaban de una clara adhesión al Régimen. Ésos fueron los más beneficiados integrantes del luego llamado franquismo sociológico, bien manipulados por el bloque de poder económico, militar y cultural-religioso, consciente de que su hegemonía duraría lo que durara Franco y su Régimen y que cualquier cambio democrático implicaría una depuración por las responsabilidades contraídas secundando el golpe del 18 de julio y todas las violaciones de derechos constitucionales y humanos perpetradas a continuación. Así como los historiadores objetivos condenan abiertamente a Franco como el gran responsable de una solución militar-africanista a la crisis española, no han ampliado la responsabilidad a los sectores sociales que empujaron a la aventura militar y que se beneficiaron de la victoria, tal vez porque esos historiadores son sus descendientes.





El hecho de que la transición obedeciera a un acuerdo entre los franquistas más lúcidos y reciclados y unas insuficientemente instaladas fuerzas de la oposición, diluyó para siempre la posibilidad de exigir las responsabilidades del bloque histórico dominante que a partir de 1936 hasta 1976 de una u otra manera estuvo en condiciones de practicar una limpieza étnica de la llamada otra España, también conocida por la ciudad del diablo según la dialéctica agustiniana movilizada por los cardenales cuando inventaron el imaginario de la Cruzada. Por el largo camino que va desde el alzamiento parafascista a la transición fue desapareciendo la tipología convencional casi caricaturesca del franquista, reducida interesadamente a la del pequeño burgués algo calvo y con bigotillo recortado pero prietas las filas, que tenía en el musculado Alfredo Mayo de Raza el mejor referente canónico y el peor en el propio Franco pronunciando discursos de fin de año. Hay que recordar que el franquismo tuvo otras perchas, desde el taimado José Félix de Lequerica o el banquero Coca, al político del Opus, López Rodó, pasando por el dicharachero don Santiago Bernabéu o por el sofisticado Juan Antonio Samaranch. Cuando Carlos Saura escogió a los actores de La caza de hecho planteaba diversos imaginarios de franquistas posibles y a la semántica gestual común de cazadores se sumaban los rasgos diferenciales de un complejo conglomerado de vencedores que nunca perdieron del todo un cierto complejo de usurpadores.





Si el franquismo se encarnaba en el jefe de centuria, dibujado en los chistes populares como un gilipollas vestido de niño que manda a cien niños vestidos de gilipollas, desde el receptor popular raramente se descodificaba a los franquistas de las capas más altas que nunca habían perdido la gesticulación del poder económico de siempre, sobre todo desde que ya no fue obligatorio saludar a lo falangista en público y nunca lo fue hacerlo en los cocktails party. La fealdad del Régimen era evidente, pero tal vez formaba parte de su eficacia, como aquel olor a calcetines sudados que emanaba de todos los vencedores, incluidas las duquesas. El propio Franco acabó perdiendo su condición de canon del franquista, perdidos progresivamente los tacones postizos épicos que le calzaran cronistas de la guerra de África como Tebib Arrumi, seudónimo de Ruiz-Gallardón, abuelo del actual presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid y otro abuelo importante, Manuel Aznar, pretérita semilla del actual jefe de Gobierno, José María Aznar. Abc fue el gran instrumento propagandístico del joven Franco, en sus páginas fue calificado por primera vez de joven caudillo a raíz de su boda con doña Carmen Polo Meléndez Valdés. Los hagiógrafos del Caudillo recordaban de vez en cuando que el Mariscal Petain había calificado a Franco como la espada más limpia de Europa y cuando la espada más limpia de Europa entró en Madrid como Caudillo por la Gracia de Dios, los escritores oficiales acabaron de redondear el canon imposible: "Oh, ruina del Alcázar./ Yo mirarte no puedo,/ convulsa flor de otoño, sin asombro./ Vivero de esforzados capitanes,/ nido de gavilanes./ Huevo de águila: Franco es el que nombro". Gerardo Diego ya le ha confesado su amor, pero no es el único: "El Caudillo es como la encarnación de la patria y tiene el poder recibido por Dios para gobernarnos..." (del Catecismo patriótico español, publicado en Salamanca en 1939). Ridruejo tampoco se reprime: "Padre de paz en armas, tu bravura/ ya en Occidente extrema la sorpresa,/ en Levante dilata la hermosura...". La Estafeta Literaria lo compara con Cervantes, sin duda tras haber leído Diario de una bandera o Raza. Manuel Aznar dice de él que es arquitecto de capitanes de la historia y que su espada estaba por encima de la que había vencido a los sarracenos en las Navas de Tolosa. Cunqueiro, Álvaro, tras sostener que Franco era el Sol, añadía que la mirada del Señor le escogió entre los soldados: "De ella está ungido El Señor bruñó su espada y el santo Uriel arcángel le enseñó a pasearse entre las llamas...". Laín Entralgo afirma que al burgués y al empresario hay que oponerle el modelo de jefe, "más acorde con nuestro concepto militar de la vida". Pero quizá nadie como Pemán y Ernesto Giménez Caballero como constructores de ese canon imposible por lo desmesurado. Empecemos por Giménez Caballero: "¿Quién se ha metido en las entrañas de España como Franco, hasta el punto de no saber ya si Franco es España o España es Franco? ¡Oh, Franco, Caudillo nuestro, padre de España! ¡Adelante! ¡Atrás, canallas y sabandijas del mundo!". A Pemán se debe uno de los lametones nacional católicos más inolvidables: "Sabe marchar bajo palio con ese paso natural y exacto que parece que va sometiéndose por España y disculpándose por él. Se le transparenta en el gesto paternal la clara conciencia de lo que tiene de ancha totalidad nacional la obra que é1 resume. Y preside... Se necesitaba un hombre cuya imparcialidad fuera absoluta, cuya energía fuese serena, cuya paciencia fuese total. Había que tener un pulso exacto para combatir sin odio y atraer sin remordimiento. Había que escuchar a todos y no transigir con nadie. Había que llevar hacia allí, en dosis exactas, el perdón, el castigo y la catequesis, como hacia aquí, en exactas paridades, la camisa azul, la boina roja y la estrella de capitán general. Conquistó la zona roja como si la acariciara: ahorrando vidas, limitando bombardeos. No se dejó arrebatar nunca porque estaba seguro de España y de sí mismo. Éste es Francisco Franco, Caudillo de España. Concedámosle, españoles, el ancho y silencioso crédito que se tiene ganado...".





Las aportaciones canónicas de cuarenta años no caben en todas las simas oceánicas, pero si me dejan escoger me quedo con aquella perla que le dedicara Joaquín Arrarás cuando lo imaginaba conduciendo la nave de la nueva España, la nave de la muerte, la tortura, la expatriación, la desidentificación para tantos de sus compatriotas: "Timonel de la dulce sonrisa". Las nuevas generaciones se han perdido aquel grotesco espectáculo posible gracias a un terrorismo de Estado sólo perceptible por los aterrorizados que casi no tuvimos ocasión de explicar el por qué de nuestro terror.









© Copyright DIARIO EL PAIS, 19 de noviembre de 2000.

El secreto de los papeles del general



Veinticinco años después de la muerte del dictador, parece abrirse, por fin, la posibilidad de una consulta normalizada de su archivo personal, que esconde muchas de las claves políticas del régimen



JAVIER TUSELL

En torno a septiembre de 1962 el primo y secretario de Francisco Franco notaba a su pariente, para quien trabajaba, "obsesionado". La reunión europeísta de Múnich, en el verano pasado, le había irritado profundamente en especial porque creía que Don Juan había estado implicado en ella; repetía insistentemente que no podía llegar a reinar en España porque eso equivaldría a la implantación del comunismo en corto plazo. En mayo había tenido lugar la boda de Don Juan Carlos y Doña Sofía en Atenas pero, a pesar de que el Príncipe había ya habitado en La Zarzuela -que seguía teniendo a su disposición- no volvía a España. Franco le veía "supeditado" a la política de su padre. Habló con su confidente de una solución alternativa, podía ser Don Alfonso de Borbón Dampierre "si no se arregla lo de Don Juan Carlos". Tanto le preocupaba la cuestión que escribió un borrador que permaneció ignorado por todos. Se trataría de imponer a Don Juan la abdicación y a su hijo la "identificación absoluta"; a Don Alfonso habría que "ponerle a prueba". Si todo ello no bastaba modificaría la Ley de Sucesión de 1947 estableciendo una regencia de diez años de duración que sería desempeñada, a su muerte, por quien consiguiera el 51% de los votos.







Luis Suárez Fernández, el único

historiador que ha tenido acceso

al archivo privado de Franco (EFE).



Las líneas que anteceden explican el interés, incluso para el momento actual, que tiene el archivo de Franco donde se encuentra el borrador citado. En cierta manera, sin embargo, este documento es excepcional porque la mayor parte de la información del archivo no tiene ese carácter íntimo: el general no llevó un diario y no debe haber escrito textos de ese género sino en contadas ocasiones. La mayor parte de los 25.000 o 30.000 documentos que existen en su archivo son informes de las más diversas procedencias, algunos de ellos de muy relativo interés. De ellos cabe decir que tienen un carácter oficial: sólo se podría justificar que los primeros permanecieran en una institución de carácter privado. La inmensa mayoría, en cambio, son los de la Administración. Pero, en el caso de Franco como en el de Maura o Primo de Rivera, se adoptó el criterio de considerarlos como de carácter privado y están en manos de una Fundación que recibe el nombre del anterior jefe del Estado.





Con ellos, tan sólo no se puede escribir ni la biografía de Franco ni tampoco la historia del franquismo pero, al mismo tiempo, cualquier estudio del género mencionado estará inevitablemente lastrado de insuficiencias mientras la información que procede de este archivo no sea plenamente accesible. Esto quiere decir que, en definitiva, cualquier biografía del general Franco que haya sido publicada hasta el momento resulta, como mínimo, incompleta. En estricto sentido cabe decir que no es ni siquiera serio escribirla sin utilizar esos rastros documentales.





El archivo de Franco sólo ha sido utilizado de forma completa por Luis Suárez Fernández, un conocido especialista en Historia medieval que fue director general de Universidades durante aquel régimen. Su interpretación es, desde 1uego, acentuadamente partidaria del mismo y, como se ha dicho, su dedicación cronológica no es ésa, lo que hace que no siempre pueda estar al día de las publicaciones de otros. Suárez publicó en 1984 una extensa obra en ocho volúmenes titulada Francisco Franco y su tiempo que es de indispensable consulta precisamente por haber tenido acceso a esos documentos, pero cuya interpretación es muy discutible por razones obvias. Nunca ha tenido, sin embargo, la pretensión de la exclusividad y en ocasiones ha servido de instrumento para que, a título excepcional, investigadores concretos hayan podido acceder a una parte pequeña de los fondos. El criterio de la Fundación en el pasado ha sido un tanto peculiar: ha permitido la consulta a historiadores no profesionales o extranjeros pero no, al menos de forma sistemática, a los nacionales. A comienzos de los años noventa empezó a publicar el conjunto de la documentación en sucesivos volúmenes, pero sólo se avanzó hasta 1944 y, a partir de este momento, la edición se detuvo hasta hoy.





Conviene recordar lo que ha sucedido en otras latitudes. En Portugal los papeles de Salazar son consultables sin problemas en la Torre do Tombo, los de Mussolini están integrados desde hace mucho tiempo en el Archivio Centrale dello Stato a disposición de los investigadores. En España, los de Maura son consultables en una Fundación privada desde hace mucho tiempo e igual sucede con los de Romanones en la Academia de la Historia.





El contraste entre esa realidad y lo que sucede en el caso de los papeles de Franco ha hecho que se tomaran diversas iniciativas, incluso por parte del Congreso de los Diputados. En su día -debió de ser en torno a 1979- el entonces diputado Enrique Barón logró que se aprobara una proposición para que se tomaran las medidas pertinentes para recuperar los diarios desaparecidos de Manuel Azaña. El autor de este artículo era entonces director general de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas; acudí a la Duquesa de Franco, que me recibió y que me aseguró que ignoraba que su padre hubiera tenido esos textos. Mucho tiempo después, siendo Ministra de Cultura Esperanza Aguirre, los descubrió y los entregó al Ministerio de Cultura y han pasado al Archivo Histórico Nacional. Éste fue el primer paso hacia una normalización que ahora, veinticinco años después de la muerte de Franco, parece más cercana que nunca.





A mediados del pasado mes de septiembre, el Boletín Oficial del Estado publicó una orden ministerial en la que quedaba recogida una lista de entidades que recibían distintas subvenciones para clasificar o para informatizar sus archivos. Una de las que las ha recibido de mayor volumen es la Fundación Francisco Franco. Esto, sin embargo, no debe mover a suspicacias porque cualquier historiador sabe de sobra que esos fondos tienen un indudable interés objetivo. Además y sobre todo, en la lista de las entidades subvencionadas aparecen muchas otras que están en las antípodas ideológicas del general. Hay también una subvención para la Fundación Maura, que ha llevado a cabo una labor espléndida en el pasado sin ayuda alguna, pero sobre todo llama la atención que aparecen fundaciones relacionadas con muchas figuras relevantes del exilio intelectual (María Zambrano, Madariaga, Aub...) o de la izquierda política (Pablo Iglesias, Largo Caballero...). Sin embargo, quizá lo que resulta más significativo es que en un mismo bloque se haya subvencionado la clasificación del archivo de Franco y el de Radio España Independiente por parte de la Fundación de Investigaciones Marxistas. La idea es excelente y testimonia por parte de las autoridades culturales una disposición hacia la normalización del tratamiento histórico del pasado que no puede menos de merecer alabanzas.





¿Existe una actitud parecida por parte de la Fundación Francisco Franco? Sería, como es lógico, toda una paradoja inaceptable que esa fundación recibiera subvenciones y al mismo tiempo mantuviera una parecida actitud con respecto a sus fondos que en el pasado. Pero parece que no es así y que, un cuarto de siglo después de la muerte de quien fue jefe del Estado, el criterio es otro.





La fundación está presidida por la duquesa de Franco y cuenta con tres vicepresidentes (el general Esquivias, el periodista Félix Morales y Agustín Castejón) y un extenso patronato en el que hay antiguos ministros de aquel régimen, como Fernández de la Mora y Utrera Molina. El gerente, Eduardo Fuertes, informa de que el propósito de la Fundación en la actualidad es abrir los fondos de la Fundación a la consulta de todos los investigadores, entregar al Archivo Histórico Nacional una copia de los mismos e incluso hacerlos disponibles por Internet. Con la ayuda de los expertos del Ministerio de Cultura van a hacer una nueva clasificación, más detallada, y, en el plazo de un año o año y medio, los papeles de Franco van a estar disponibles para la investigación. Es una buena noticia. De alguna manera cabe decir que en ese boletín oficial en que los papeles de Franco y los de Radio España independiente son tratados por igual concluyen la guerra civil y la transición. Y ambas desembocan en donde debían desde hacía tiempo estar, en la Historia.





Las dragonas de El Pardo



La crónica social de los años sesenta era una opereta de bodas, bautizos y comuniones con la omnipresencia de la familia Franco y arrimados varios. Recuerdos de nietísimas y poca chicha en la prensa rosa franquista



MARUJA TORRES

Uno de los descubrimientos más patéticos que nos deparó la apertura que siguió a la muerte del dictador fue la comprobación de que el Versalles del franquismo, aquel palacio de El Pardo en cuya capilla se venían celebrando bodorrios y bautizos de la estirpe que se creía eterna por la gracia de Dios, no era más que un diminuto edificio dividido en habitaciones menudas; un Liliput del gótico sanguinario o casa de muñecas infernales. Tanto dolor, emanado durante tantos años desde lugar tan insignificante y, sobre todo, ridículo. Unos quince años más tarde, cuando el amigo de Franco (y, como él, adicto a las recetas pro longevidad de la rumana doctora Aslan), general Stroessner, cayó en Paraguay, pude comprobar que algo más les unía: el palacio gubernamental de Asunción, aunque en otro estilo (un pastelillo blanco estilo colonial con soldaditos de chocolate practicando el cambio de guardia), era también una muestra del maligno enanismo que algunos dictadores provincianos cultivan.









El general Franco, en los

jardines de El Pardo, con su

esposa y sus cuatro nietas.



La prensa del corazón de la época tenía en El Pardo su Montecarlo y su Buckingham Palace. Claro, que los Franco, y sobre todo las Cármenes, no eran ni los Grimaldi ni los Windsor. Pero era lo que había. Durante los años en que trabajé en Garbo bajo la dirección de María Fernanda Gañán de Nadal aprendí muchas cosas útiles: a trabajar sin desmayo, a distinguir entre dinastías y a clasificar cortesanas y pisaverdes según su procedencia y trayectoria; a conocer el peso en diamantes del entonces Aga Jan y a esperar, con una mezcla de angustia y excitación, a que en la capilla pardesca se celebraran los sucesivos enlaces matrimoniales de las nietísimas.





Angustia, porque esos días se trabajaba las veinticuatro horas para salir con las inevitables páginas especiales cuyos textos requerían tal cantidad de adjetivos y metáforas que resultaban un desafío para cualquiera que pretendiera cultivar un estilo periodístico algo directo. Excitación porque, invariablemente, la directora convidaba a su staff de guardia a cenar en el restaurante Quo Vadis, uno de los mejores de Barcelona.





Carmen Polo y su hija, Carmen Franco (que alardeaba de que en la capilla de El Pardo iban a celebrarse los eventos familiares por los siglos de los siglos), habían impuesto un estilo. Entre la rumorología no publicable figuraba una anécdota sabrosa: la primera había quedado tan turbada por la impresión que la legendaria Eva Perón, Evita, causó en el caudillo cuando visitó España para vendernos trigo, que desde entonces constituyó para ella, y también para su hija, una cuestión de honor competir e incluso vencer en próximas ocasiones a los equipos visitantes, cualesquiera que fueran los dones físicos de que sus componentes femeninos pudieran alardear. El listón se puso radicalmente alto cuando la todavía emperatriz de Irán, la legendaria Soraya de singular belleza, se dio un paseo por estas tierras. ¿Cómo competir con semejante camafeo? Los de la prensa del corazón estaban en ascuas: hasta que la astucia de las Franco/Polo se mostró en todo su esplendor. Descubrieron que Soraya tenía un defecto: las piernas torcidas. Y, orgullosas de sus más que presentables extremidades inferiores, tomaron la drástica decisión de recibirla luciéndolas bajo faldas que apenas les cubrían las rodillas. Fue todo un hito, como comprenderán.





Cuando ingresé en la prensa del corazón, semejantes anécdotas formaban parte del pasado. Dos eran los asuntos candentes que mantenían atareadas a las damas de El Pardo. De un lado, la posibilidad de que Carmen Tercera, la nieta favorita, llegara algún día a reinar en este país mediante casorio con Alfonso de Borbón, primo de nuestro actual monarca; esperanza vana, como sabemos. La otra aspiración de las señoras se reveló más factible: que el marqués de Villaverde, de profesión matasanos armado caballero en cirugía, emulara las glorias del doctor Christian Barnard, pionero de los trasplantes de corazón, que en la Suráfrica del apartheid había cumplido la hazaña de colocar el órgano prescindible de un negro muerto en el cuerpo desahuciado de un blanco vivo. Martínez-Bordiú se trajo a Barnard a hacer esquí acuático en uno de los pantanos inaugurados por su suegro y recibió unas lecciones rápidas. Como controlaba la Seguridad Social, tardamos mucho tiempo en enterarnos de lo que sucedía realmente en aquellos quirófanos.





Era una España de folclóricas y toreros; de aristócratas afines y funciones de beneficencia; de demostraciones sindicales y glamour bajo palio. De cacerías: algunas limitadas al ciervo y la perdiz, y otras mucho más siniestras. Pero todo tenía un rasgo en común: la verdad brillaba por su ausencia.





Recuerdo perfectamente el día en que Alfonso Sobrado Palomares y Heriberto Quesada, que entonces tenían una agencia de prensa, llegaron a la redacción de Garbo con un estupendo reportaje gráfico de Gigi Corbetta que mostraba al diestro más popular, Luis Miguel Dominguín, frecuentador de las cacerías franquistas, haciéndose arrumacos con su sobrina carnal, la buena persona y, hoy, difunta Mariví. Ella en biquini, él en bañador. Lo publicamos, claro. Estábamos a finales de los sesenta, en Francia había ocurrido una cosa llamada Mayo, los chicos empezaban a llevar el pelo largo y las chicas habían recortado sus faldas mucho más que las Franco en su estrategia anti-Soraya. ¿A quién podían molestarle las efusiones amorosas de uno de los toreros favoritos de la corte con su sobrina, casada con otro por más señas? Obviamente, calculamos mal. La por entonces primera dama de por vida intervino. La revista fue clausurada durante unos meses, los autores del reportaje, la arriba firmante y la directora, procesados; junto con los pecadores, desde luego. Cuando se celebró el juicio, años más tarde, la pareja fue absuelta y al resto de la banda se nos acusó de haber hecho pasar por idilio lo que no fue más que una inocente meriendilla entre parientes que se metían mano.





Junto a estos y otros entretenimientos, continuaron las insufribles fiestas de puesta de largo de las incontables nietas maryalgo, sus bodas y los bautizos de los hijos resultantes, con las correspondientes fotografías del dictador meciendo al nuevo bebé. Crecían y se multiplicaban. Aquello parecía no tener fin.





Claro, que otras distracciones aliviaban la monotonía parda. Católicas también, pero distracciones al fin: habíamos colocado a una filosanta en el trono de Bélgica, Fabiola, cuya unión con Balduino había resultado estéril. No saben ustedes lo que daba de sí, en aquel tiempo, una esterilidad real. Por otro lado, Grace Kelly también se había calzado la peineta para convertirse en la serenísima princesa Gracia Patricia de los Casinos de Mónaco, y Jacqueline Bouvier Kennedy era la primera esposa de presidente católico, católica a su vez, que ocupaba la Casa Blanca. Aquello, más que prensa del corazón, era una orgía de mantillas de blonda.





Hace poco menos de un año volví a cenar en el Quo Vadis. Ocurrió después de la presentación en Barcelona de la última novela de Juan Luis Cebrián, La agonía del dragón, que trata precisamente del principio del fin de todo aquello. A mi alrededor había políticos y periodistas formados para la democracia. En el Quo Vadis se seguía cenando muy bien, pero ninguno de los contertulios sabíamos que Carmen Martínez-Bordiú Franco, la nietísima, estaba preparando, a su vez, un libro de consejos para mujeres maduras en el que, de pasada, contaba ternuras de su infancia con el abuelito. Como advierte el propio Cebrián en su obra, los dragones no mueren: están dormidos y pueden despertar de su letargo a la que nos descuidemos.





Las dragonas de El Pardo ni siquiera necesitan echarse a dormir. Se adaptan.









© Copyright DIARIO EL PAIS, domingo 19 de noviembre de 2000

Reverencia en palacio



Los periodistas extranjeros tenían pocas posibilidades de ver a Franco. Una oportunidad en la audiencia que concedía a la directiva de la Asociación de Prensa Extranjera con motivo de año nuevo. Pero a ellos les tocaba el turno en el mes de mayo. El autor, corresponsal del diario 'Frankfurter Allgemeine' desde hace más de 30 años, recuerda su primera visita al palacio de El Pardo



WALTER HAUBRICH



Recién llegado a Madrid como corresponsal del Frankfurter Allgemeine, los periodistas extranjeros en España me eligieron, a principios de los años setenta, presidente de la Agrupación de Corresponsales de Prensa Extranjera. La citada agrupación, una asociación inscrita en el Ministerio del Interior, casi siempre había estado dirigida hasta entonces por un compañero de bastante edad y con residencia en España prácticamente desde el final de la guerra civil. Nosotros, los más jóvenes, queríamos cambiar mucho en nuestra agrupación, sobre todo guardar una mayor distancia respecto al Gobierno, que con varios privilegios había intentado atraerse la simpatía de los periodistas extranjeros. El general Franco, que ya entonces llevaba algunas décadas dominando España con los medios de la dictadura, nunca concedía una entrevista a los periodistas extranjeros, no se podía hablar con él, a lo sumo, con la distancia debida, observarle en actos públicos.









Franco, vestido de civil, en

1970, durante el discurso

de Fin de Año.



Una oportunidad de verle más de cerca y de tener un intercambio de palabras, aunque extremadamente formal, se ofrecía a la junta directiva de la Asociación de Prensa Extranjera, recibida para transmitirle sus buenos deseos con ocasión del nuevo año. Como nosotros, bien sabe Dios, no éramos una de las asociaciones o instituciones importantes en la España de entonces, casi siempre nos tocaba el turno allá por el mes de mayo. Recibíamos una cita en El Pardo y allí teníamos que esperar un buen rato, porque los grupos que cada día tenían audiencia con el jefe del Estado eran muchos. Cuando por primera vez aparecí en mayo para transmitir la felicitación de Año Nuevo, conocí al actual presidente del Comité Olímpico Internacional, Samaranch, que también tuvo que esperar en una antesala. Era entonces presidente de una federación de vela, si no recuerdo mal. En todo caso, le condujeron ante el Caudillo un cuarto de hora antes que a nosotros, lo que ponía de manifiesto que su asociación era algo más importante que la nuestra, aunque tampoco mucho más. Ante el despacho de Franco fuimos colocados en fila por Sánchez Bella, ministro de Información en aquel entonces: primero el presidente, a continuación el vicepresidente, después los vocales, ordenados según la altura física de cada uno. La presentación corría a cargo de Sánchez Bella. Como le costaba retener en la memoria siete nombres extranjeros, nos anunció de la siguiente manera: "El presidente de los periodistas extranjeros, el vicepresidente, un periodista residente en Barcelona" -que, por cierto, no vivía en Barcelona-, "un periodista más, otro periodista extranjero". Y al llegar al último, un compañero alemán, como era el más bajito: "Excelencia, y ahora viene el último periodista".





Franco estaba de pie delante de una mesa llena de papeles revueltos. Toda nuestra fila -yo el primero- tenía que pasar delante de él y estrecharle la mano. Me quedé a la distancia normal del jefe del Estado y le tendí la mano, pero la de Franco, que ya entonces temblaba ostentosamente a causa de la enfermedad de Parkinson, no se acercaba a la mía; parecía pegada a su cuerpo. Así pues, para alcanzar la mano de Franco tuve que inclinarme profundamente hacia delante. En las fotos que enseguida se enviaron desde El Pardo a la prensa española, yo aparecía haciendo una profunda reverencia ante el dictador. Mis desvelos me costó, y alguna cena que otra, lograr que mis buenos amigos de las redacciones de los periódicos madrileños se abstuvieran de publicar esta foto. Después del saludo tuve que comunicar al general nuestros buenos deseos para el año que ya no era tan nuevo. La Agrupación de Corresponsales de Prensa Extranjera llevaba por lo menos dos décadas leyendo el mismo texto servil, que yo cambié. Recuerdo la frase final: "Que Dios guarde a Su Excelencia muchos años para bien de Su Excelencia, de su familia, de España y de toda la humanidad". Taché España y toda la humanidad y lo dejé en Su Excelencia y en la familia de Su Excelencia. Del discurso del anciano general entendimos -por la dificultad para pronunciar que tenía ya entonces- sólo dos palabras: verdad y justicia. Al despedirnos me acerqué más a él para no tener que inclinarme de nuevo ante Su Excelencia.





Los últimos años de la dictadura, los corresponsales extranjeros, siempre que estuvieran dispuestos a informar sobre la España real, sobre toda España, y no sólo sobre la España oficial, desempeñaron un papel extraordinariamente importante. Nosotros no teníamos que someter nuestra información a ninguna forma de censura, ni siquiera, como hacían los periódicos españoles, a consulta previa. El gobierno de la dictadura prohibió a menudo la venta de nuestros periódicos en los quioscos españoles, podía expulsar a los corresponsales, retirarnos la acreditación y amenazarnos una y otra vez. Pero lo que escribíamos solía volver a España en fotocopias o traducciones. Algunos colegas españoles nos daban información que ellos no podían publicar. Otros, también algunos que, acabada la dictadura, presumían de guardianes de la democracia, nos denunciaban. También de los enemigos del régimen que trabajaban en la Administración recibíamos información importante, y de vez en cuando nos mandaban de los ministerios "documentos muy confidenciales" interesantes. Para la mayoría de los ministros de Franco, los corresponsales que también informaban sobre la oposición democrática -y estos en modo alguno eran todos- eran lisa y llanamente enemigos de España, sometidos -como se decía entonces- a las consignas de Praga y pagados con el oro de Moscú.





Hubo un breve paréntesis de menos presión cuando el ministro Pío Cabanillas y su subsecretario, Marcelino Oreja, buscaron una relación dialogante con los corresponsales extranjeros. Pero Franco cesó a Cabanillas y la efímera primavera de tolerancia se terminó.





Con la llegada de la democracia, la prensa española pasó a ocupar su lugar normal y los periodistas extranjeros perdimos aquella importancia fruto de la anomalía, pero pudimos trabajar sin presiones, sin amenazas y sin interrogatorios de la policía política.



© Copyright DIARIO EL PAIS, 19 de noviembre de 2000.

5 Claves



SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ

1. El cansancio





Franco murió a cámara lenta, como su régimen. El dictador expiró tras 32 días de enfermedad, agonía y lo que ahora se llamaría encarnizamiento terapéutico, que dejaron agotados a los suyos y dieron tiempo a que todo el mundo pensara qué iba a hacer el día siguiente. El país fue consciente de que Franco se estaba muriendo, sobre todo a partir del día 3 de noviembre en que el parte médico, firmado por 24 especialistas que se convertirían en el "equipo habitual", informó que había sido operado en un improvisado quirófano en El Pardo. Cuatro días después fue trasladado a la Residencia Sanitaria La Paz, donde todavía resistió dos semanas más, pese a los intentos de parte de su familia de que le dejaran tranquilo.









Carmen Polo ante el féretro

de Franco.



Todo el mundo sabía que Franco se moría, pero casi nadie pudo hablar públicamente o escribir de su sucesión. Durante ese inacabable mes, el Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro ordenó el secuestro de más de una decena de publicaciones por especular sobre el futuro. La confirmación del fallecimiento no llegó hasta las 6.10 de la mañana, en un boletín oficial de Radio Nacional.





En muchos hogares se lamentó su muerte, pero en otros tantos lo único que se lamentó fue que hubiera tardado tantos años en desaparecer. La Operación Lucero, diseñada por Gobernación para garantizar el orden público, entró en vigor sin que hiciera falta aplicarlo. La calma fue total. Todo el mundo parecía temer la reacción del oponente y prefería mantenerse a la espera de las primeras decisiones del nuevo jefe de Estado. Casi nadie sabía algo de él, pero, por eso mismo, nadie tenía argumentos a favor o en contra. Por otra parte, Franco, en su "testamento político", leído en radio y televisión, pedía a los españoles: "Quiero que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido".





2. Un triste entierro





El entierro de Franco, celebrado el domingo 23, puso de manifiesto el absoluto aislamiento internacional de su régimen, acentuado, si cabe, por los terribles fusilamientos de tres meses antes. A los franquistas más recalcitrantes lo único que les importó fueron los cientos de miles de españoles que habían pasado por la capilla ardiente, instalada en el Palacio Real, y las decenas de miles de personas que cubrieron el recorrido hasta el Valle de los Caídos, donde recibió sepultura. Pero a grandes sectores políticos y económicos, que estaban englobados genéricamente en el "régimen" aunque se movían por espacios más amplios, hacía tiempo que ese aislamiento les resultaba intolerable y perjudicial. La ausencia absoluta de representantes de primer nivel de los gobiernos democráticos de Europa en el entierro del general, la triste imagen, cargada de tensión, en la explanada de la plaza de Oriente, acentuó su inquietud. Era patético ver los lugares de honor ocupados por el general golpista de Chile, Augusto Pinochet; el rey Hussein de Jordania; Rainiero de Mónaco; el vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller y la esposa del presidente de Filipinas, Imelda Marcos. La oposición democrática sintió renovado el respaldo de las democracias occidentales.





3. El nuevo Rey









Franco con el príncipe

en El Escorial.



El príncipe don Juan Carlos había asumido la jefatura del Estado en funciones el 30 de octubre y durante casi todo el periodo que antecedió a la muerte de Franco dio la impresión de estar absorbido por el problema de la descolonización del Sahara, la Marcha Verde y sus funciones como máximo responsable militar, mientras que la gobernación del país seguía en manos del jefe del Gobierno, Arias Navarro.





Muerto Franco, lo primero que hubo que hacer fue formar el Consejo de Regencia para organizar la proclamación de la monarquía. El acto de juramento ante las Cortes tenía que celebrarse antes del entierro, para que las exequias pudieran ser presididas por el nuevo Rey, así que la ceremonia se celebró el sábado 22 de noviembre.





Casi nadie sabía en España que el príncipe don Juan Carlos llevaba meses, años, estableciendo contacto a través de amigos personales con miembros de la oposición democrática, a los que hacía llegar un discreto mensaje de promesa de cambio y apertura. El primer discurso del Rey fue examinado con lupa por unos y otros. Casi todos pudieron encontrar los párrafos que buscaban. Recordó "con respeto y gratitud" la figura del general, "soldado y estadista que consagró su existencia al servicio de la Patria". Mencionó a su padre, el conde de Barcelona, que aún no había cedido los derechos dinásticos: "El cumplimiento del deber está por encima de cualquier otra circunstancia: esta norma me la enseñó mi padre y ha sido una constante de mi familia". Y alentó las esperanzas de cambio: "Esta hora dinámica y cambiante exige capacidad creadora para integrar en objetivos comunes las distintas y deseables opiniones... Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro pide perfeccionamientos profundos".





4. Aires estancados





En aquellos días las expectativas de la oposición de lograr una rápida y amplia amnistía para los centenares de presos políticos que seguían en las cárceles se vieron defraudadas. El Rey firmó un indulto, pero sólo alcanzó a algunos detenidos, entre ellos a los condenados por el famoso proceso 1001, que había provocado un gran escándalo en Europa. Se esperaba que los sindicalistas encarcelados estuvieran en la calle antes de que empezaran a llegar a Madrid los numerosos políticos y miembros de casas reales que el Rey había invitado para participar el 27 en una fiesta de exaltación de la monarquía. Entre ellos estarían el presidente francés, Giscard d'Estaing y el presidente de la República Federal de Alemania, Scheel, con los que la oposición también había contactado en busca de apoyo.





La principal preocupación en esos momentos residía en la falta de nuevos aires. Las esperanzas de la oposición se sintieron defraudadas al saberse que la primera persona recibida por el Rey había sido el presidente de los excombatientes y destacado falangista José Antonio Girón de Velasco. Además, el presidente del Gobierno seguía siendo Arias Navarro, que no había presentado su dimisión, en contra de lo que parecía un uso de cortesía. El 28 se supo que el Rey había decidido confirmarle en el cargo y que sólo le había pedido que incluyera en el Gabinete a José María de Areilza (Exteriores); Manuel Fraga (Gobernación), y Antonio Garrigues Díaz-Cañabate (Justicia).





5. Batalla por las Cortes









Arias Navarro anuncia la muerte

de Franco.



La mayoría de los españoles ignoraba entonces que casi inmediatamente después de la muerte de Franco se había iniciado una batalla que, en opinión del Rey y de sus asesores, era la que podía abrir el camino, un camino que ellos desean prudente y despacioso, para los cambios democráticos: la lucha por la presidencia de las Cortes. La casualidad había hecho que el mandato de Rodríguez Valcárcel, un destacado inmovilista, fuera a finalizar el miércoles 26 de noviembre. Don Juan Carlos deseaba imperiosamente que su cargo fuera ocupado por Torcuato Fernández Miranda, un hombre de su confianza con el que había venido diseñando planes para la nueva etapa. Para poderle nombrar necesitaba que fuera incluido en la terna que le propondría el Consejo del Reino. Por eso había recibido a Girón de Velasco (30 días de noviembre, de Pilar Cernuda) y por eso había confirmado a Arias. Pretendía que no participaran en las maniobras de Valcárcel para ser reelegido. La reunión del Consejo del Reino fue convocada para el 1 de diciembre. Don Juan Carlos estaba convencido de que sería decisiva para el futuro de su reinado. Para la oposición, el ritmo emprendido por el Rey era demasiado lento y todos sus esfuerzos buscarían agilizar los cambios.









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Una interminable agonía



JAVIER PRADERA

Veinticinco años después de la muerte de Franco, no faltan en España los lugares de la memoria dedicados a celebrar su figura y sus cuatro décadas de omnímodo poder: desde la cripta del Valle de los Caídos (próxima al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, fuente de inspiración de su megalómana arquitectura) hasta las estatuas, las calles y las plazas en algunos pueblos y ciudades. Existen también nexos jurídicos que establecen líneas de continuidad formal entre la dictadura y la actual monarquía parlamentaria: Franco nombró a Juan Carlos I su sucesor en la Jefatura del Estado a título de Rey y las últimas Cortes de la dictadura aprobaron la ley que hizo posible el desmantelamiento del sistema autoritario y el restablecimiento de la democracia. Y aunque sus votos sean escasos, siguen alborotando grupos que defienden la herencia del anterior régimen.









Entierro de Francisco Franco

en el Valle de los Caídos.



Pero nada queda hoy institucionalmente de la sustancia represora del franquismo, sustituido por un Estado democrático de Derecho homologable con los demás miembros de la Unión Europea. El imperio de la ley, la independencia del poder judicial y la protección constitucional de los derechos fundamentales garantizan el amparo de las libertades; los derechos de asociación y participación, la libertad de prensa y las elecciones periódicas permiten a los ciudadanos controlar a los gobernantes y removerlos de sus puestos. La nueva distribución territorial del poder diseñada por el Estado de las Autonomías ha quebrado el asfixiante centralismo de la dictadura; ese hecho explica que algunos viperinos predicadores continúen todavía llamando desde el púlpito a una Santa Cruzada para reconquistar la concepción esencialista y antropomórfica de España, descrita por un cursi plumífero como una dama dotada de la misteriosa condición de saber decaer, a la que se debe mirar con la mano enarcada sobre los ojos para no quedar cegado. Por último, la incorporación de España a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica ha puesto fin al aislamiento exterior de la dictadura franquista.





Esa profunda trasformación fue el paradójico resultado de los acuerdos pactados en su día entre los dirigentes reformistas instalados en el poder tras la muerte de Franco (que habían hecho su carrera como políticos profesionales o altos funcionarios del régimen autoritario) y los representantes de la oposición al franquismo (desde viejos exiliados de la guerra civil hasta ex franquistas desenganchados del régimen tras haberlo defendido, pasando por discrepantes condenados a largos años de cárcel). Una coyuntura exterior altamente favorable para la instauración de un sistema democrático en España (en contraste con el adverso contexto europeo de la II República y la guerra civil) y los cambios demográficos, sociales y culturales asociados al crecimiento económico de los sesenta (inducido por la prosperidad mundial a través de la inmigración, el turismo y las inversiones exteriores) hacían del régimen creado tras la guerra civil un artilugio arcaico, disfuncional y grotesco. La cruel muerte de Franco fue una metáfora de la interminable agonía de su dictadura, una decadencia irreversible percibida desde muchos años antes tanto dentro como fuera del sistema.





Se suele decir -como reproche a la oposición- que Franco murió en la cama: esa misma circunstancia explica que nadie fuese agarrado de improviso cuando las previsiones sucesorias se pusieron en marcha y comenzaron las negociaciones entre los albaceas del régimen y los demócratas. Dentro de la Administración civil y militar del Estado había el suficiente número de profesionales del poder dispuestos a seguir ejerciendo su oficio o su vocación bajo alguna variante de ese sistema democrático que las condiciones interiores y exteriores aconsejaban. Los representantes de la oposición presionaron -con éxito- para que la reconversión del edificio no se limitara a un revoco de la fachada: si las elecciones de junio de 1977 abrieron de manera imparable el proceso constituyente culminado en diciembre de 1978, la crucial intervención del Rey para sofocar el golpe de Estado de 1981 y la alternancia en el poder de los socialistas en 1982 mostraron la autenticidad de las nuevas instituciones democráticas.





Algo más del 30% de la población española del año 2000 nació después de la muerte de Franco; ese porcentaje desborda el 50% si incluye a las personas cuyo proceso de socialización política fue ajeno al régimen. Muchos disparates tendrían que cometer los demócratas para que prendiese en nuestro país una moda historiográfica revisionista favorable a Franco: no sólo quienes padecieron la dictadura sino buena parte de sus antiguos servidores saben que fueron tiempos de infamia.









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¿Dónde estaba usted cuando murió Franco?



La noticia en la madrugada de la muerte del dictador provocó una mezcla contradictoria de miedo, alivio y remordimiento en gran parte de la población mientras los más pequeños sólo pensaban en que no había colegio

FRANCISCO PEREGIL



El 20 de noviembre de 1975, a las 4.58 de la madrugada, un teletipo de la agencia Europa Press atravesó el país y se coló en todas las redacciones con una sola frase tres veces repetida: "Franco ha muerto. Franco ha muerto. Franco ha muerto". A las seis de la mañana, Radio Nacional de España lo confirmaba. ¿Se acordaría usted de qué hacía en ese momento o cómo le llegó la noticia?





El redactor de la primicia recuerda que sudaba, sudaba y sudaba mientras un responsable de la Dirección General de Prensa le decía que le iba a hacer tragarse el teletipo. Pero la maquinaria ya se había puesto en marcha.







Felipe

González.



El entonces secretario general del PSOE, Felipe González, con 33 años, fue de los primeros en enterarse. Acababa de reunirse en París el día anterior con Santiago Carrillo en el despacho del dirigente socialista Roland Dumas. "Recuerdo perfectamente que Carrillo me dijo: 'El día en que muera Franco me presento en el aeropuerto de Barajas'. Yo le aconsejé: 'No hagas eso, hombre' 'Que te digo yo que me presento, coño'. 'Tranquilo, Santiago, tranquilo que seguro que cuando se muera tardarás en llegar a España'. Ese mismo día cogí un avión a las ocho de la tarde en París. Llegué a las diez de la noche a Madrid. Me acosté. Y creo que a las cinco de la mañana me llamó el gancho que teníamos en la clínica. Me acosté de nuevo y dormí perfectamente. A la mañana siguiente había que reunirse con gente del partido y recuerdo que teníamos muchas medidas de seguridad previstas para aquel día, medidas de ésas que a la hora de la verdad no se cumplen ninguna. Por cierto que... Carrillo se presentó meses más tarde".





El escritor granadino Justo Navarro (El alma del controlador aéreo) recuerda también absurdas medidas de seguridad. "Yo era del PCE y tenía 22 años. Había una reunión clandestina del comité de Granada fijada para no sé cuantas horas después de que muriera Franco. Si determinado fulano no aparecía a tal hora en tal sitio había que ir a otro lugar. Creo que nos pasamos el tiempo esperando a gente que había olvidado la cita. Era un día muy nublado. Y recuerdo la sensación de miedo más que nada ligada al color de aquel día. Es curioso porque me acuerdo del bar en que esperaba, pero no la reunión en sí".





El primer director de EL PAÍS, entonces director adjunto del diario vespertino Informaciones, Juan Luis Cebrián, se encontraba en su despacho. "Siempre nos quedó la duda de si anunciaron la muerte horas después para hacerlo coincidir con el 20 de noviembre. En las redacciones se hacía guardia jugando a las cartas. A nadie nos sorprendió la noticia porque en realidad Franco murió varias veces. Desde que sufrió la tromboflebitis un año antes todo el mundo estaba ya preparado. Llegué a recibir en el periódico tres veces a una delegación del PCE que quería hacerme partícipe de cuáles eran los planes del partido".





En Málaga, Nicolás de Laurenti, entonces director del diario provincial Sol de España, recuerda que pasaban las noches en la redacción jugando al tenis con pelotas de papel. "Llevábamos tres semanas durmiendo tres horas diarias. Y estábamos muy tensos porque a raíz de la enfermedad de Franco el año anterior nos habían cerrado el periódico durante 15 días. Al final creo que fuimos los primeros en salir con la noticia en Andalucía".









El historiador

Ricardo de

la Cierva.



Hubo quienes conocieron la noticia mucho antes que los periodistas. El historiador Ricardo de la Cierva, autor, entre otros libros, de El 18 de julio no fue un golpe militar fascista, asegura que se enteró de la muerte un día antes de que muriese. "Yo había quedado el 19 de noviembre a las nueve de la noche en el hotel Velázquez con varias personas, y entre ellos, Manuel Fraga Iribarne. Llegó a la cita el ministro José Solís, que venía del hospital de La Paz. Solís nos comunicó que desde las siete o las siete y cuarto de ese día, 19 de noviembre, el encefalograma de Franco ya era plano, que se le mantenía la respiración artificialmente y por tanto, se podía anunciar su muerte. Fraga determinó retrasar la noticia para controlar cualquier posible brote o disturbio".







Manuel Fraga.

Manuel Fraga Iribarne, consultado por este periódico, no quiso comentar las declaraciones del historiador aunque confirmó que, efectivamente, a pesar de que se encontraba de embajador en Londres, llegó a España el 18 de noviembre, avisado de que la situación era gravísima, visitó al enfermo en La Paz y ése fue su último contacto con Franco.





"El 19 de noviembre", continúa Ricardo de la Cierva, "después de reunirme con Fraga y Solís, regresé a casa, se lo comuniqué a mi esposa y nos pusimos a ver la tele esperando la noticia. Era la famosa noche en que la televisión dio muchos documentales de osos polares, naturaleza y pingüinos".





El director de cine Emilio Martínez Lázaro (Amo tu cama rica, Carreteras secundarias) trabajaba precisamente en Televisión Española. "Teníamos información privilegiada. Los propios directivos de televisión, gente afecta al régimen, nos informaban por los pasillos de todos los tubos que le iban poniendo; y en la forma de ellos relatarlo y en la manera de celebrar nosotros cada noticia había mucho sadismo. No se veía a nadie compungido. Los documentales aquellos que ponían de madrugada nos parecían entonces de lo más gracioso. Uno se titulaba Es duro ser pingüino. No cuento esto con orgullo. En el fondo sentí rabia y frustración por permitir que ese hombre hubiese muerto tranquilamente en su cama, sin un solo disturbio, apaciblemente".









Michel.



A Michel, ex futbolista del Real Madrid, la imagen que se le quedó grabada fueron los sollozos del ministro Arias Navarro anunciando la muerte. "Y recuerdo también los quioscos llenos de gente y sobre todo -en esto coincide con Perico Delgado- dos días sin clase en el colegio".





Otros muchos, como el teniente coronel José María Sánchez Silva, quien anunció su homosexualidad el pasado septiembre en EL PAÍS, se encontraban dormidos cuando los padres llegaron con la radio a la cama. "Yo tenía 24 años y había terminado Derecho en Madrid, aún no había emprendido la carrera militar. Pero un par de años antes había solicitado una audiencia al príncipe don Juan Carlos, sólo por conocerle. Me concedió la audiencia en La Zarzuela y me causó la impresión de ser un hombre, como diría André Gide, de 'diálogo y no de afirmaciones'. Por eso, cuando mi padre vino a darme la noticia, pensé en el Príncipe y me quedé tranquilo".





El periodista de televisión Pablo Carbonell tenía 13 años. "Mi madre me lo dijo por la mañana, nos llevó a la cocina y allí rezamos un Padre Nuestro. La gente comentaba que había descorchado botellas de champán y yo en aquella época no lo entendía muy bien".





El hoy secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, entonces con 15 años, entendió al instante la expresión en la cara del padre. "Todas las madrugadas andábamos pendientes de la radio y esa noche me despertó mi padre".







Miguel Delibes.

Miguel Delibes, sin embargo, reconoce que entró poco y tarde en el suceso. "Por aquel entonces estaba viviendo con intensidad la muerte reciente de mi mujer. Una hija de 12 años me informaba: 'Hoy calzaba pantuflas y comió albóndigas'. 'Pero ¿quién, hija?'. 'Pues Franco; el doctor ha dicho en el parte que está peor'. Así fui entrando en la cosa: no recuerdo quién me dio la noticia, pero retengo la sorprendente irrupción de Pinochet [continúan las risas], que se presentó de repente cuando estaban desfilando los madrileños por la capilla, eso me hizo mucha gracia, no sé por qué vino; retengo también la afirmación de Tarancón como la parte de la Iglesia a seguir, la confirmación del Príncipe... noté un afán en todos por evitar los caminos sangrientos".





Sin embargo, para gente como Carmen Alborch, no estaba tan claro ese afán por evitar la sangre. "Yo era profesora de la facultad de Derecho. Me despertaron mis colegas a las tantas. Teníamos miedo porque Derecho era una facultad bastante conservadora y ya habíamos recibido amenazas de los fachas. Algunos amigos decidieron ocultarse unos días".





Jimmy Jiménez-Arnau, ex marido de una nieta de Franco, asegura que se enteró al salir del cine. "Iba con dos poetas amigos, Félix Grande y Paca Aguirre. Vimos una portada negra de Abc y recuerdo que ellos, como eran de izquierda, se asustaron mucho. Temían por su integridad física y les ofrecí mi casa".







Marcelino

Camacho.

Marcelino Camacho, que se encontraba en la tercera galería de Carabanchel con otros presos políticos, también temió por su integridad. "Nos despertaban todas las mañanas a las siete. Aquel día llegó un funcionario antes y nos comunicó la noticia. Yo creo que el hombre lo comunicó con cierta alegría. Lo primero que se nos ocurrió fue solicitar una entrevista con el director de la cárcel para que nos asegurase que los elementos ultras que andaban por la calle no nos hicieran nada. En aquella época los ultras pedían la horca para mí. Lo segundo fue solicitar el indulto. Y a los diez días ya nos lo dieron".





Luis Otero era comandante y había sido detenido en julio de 1975 por pertenecer a la Unión Militar Democrática (UMD, los famosos úmedos) junto a ocho capitanes. "Quince días antes de la muerte, para prevenir cualquier alboroto, nos trasladaron en helicóptero desde Carabanchel a distintos centros. Nos diseminaron de tres en tres. A mí me tocó Ceuta, la fortaleza del Hacho. Teníamos radio y televisión en nuestras habitaciones. Pero aquella noche me desperté porque estaban gritando los presos de la galería. Por la mañana, el coronel que mandaba la prisión nos pidió en voz baja y por favor que no brindáramos ni con vino ni con champán. Poco tiempo después quedábamos en libertad".









El Lute.



El preso más famoso de aquella época corría una suerte muy distinta a la de los presos políticos. Eleuterio Sánchez, alias El Lute, dormía con la ventana abierta en pleno invierno en el penal de Cartagena. "Desde mi celda oí cómo los guardias civiles se lo comunicaban a gritos de garita en garita. A la mañana siguiente todos los presos se creían ya en libertad. De ahí se pasó al escepticismo. Después liberaron a muchos etarras. Y entonces escribí un artículo diciendo que si yo hubiera matado a cuatro guardias civiles ya estaría en libertad, pero como había robado cuatro gallinas y algún reloj, seguía preso. Estuve encerrado y después en régimen de semilibertad hasta 1981".





El director de teatro Albert Boadella confiesa que se encontraba en la cama en actitud sádica. "Porque éramos una pandilla de millones de sádicos escuchando los partes. Cuando oí la música sacra pegué un salto en la cama y grité como si el Barça hubiera metido un gol. Me temo que no había muchos como yo en la comarca. Vivía en una masía entre Olot y Vic. Los campesinos tardan 500 años en reaccionar ante un hecho; por tanto, allí no hubo grandes comentarios, sino miradas. Sin embargo me dio rabia que este señor se muriese en la cama. Creo que somos todos responsables de ello".





El novelista Caballero Bonald, que se encontraba rematando Ágata ojos de gato en Soto del Real (Madrid), también sintió una mezcla de liberación y remordimiento. "Pena porque se muriese en la cama sin que hubiéramos intervenido los antifranquistas para quitarlo de en medio. Me amargó mucho las colas interminables de españoles llorosos despidiéndolo".





Pedro Almodóvar, que se enteró de la noticia en una parada de autobús a las siete de la mañana, de camino a su trabajo en Telefónica, se unió al club de los morbosos diseñando sus tarjetas de Navidad con la última imagen de Franco.





El cantante Manolo Tena asegura que se emborrachó aquella noche con algún pianista de su orquesta, miembro de CC OO. "Pero de todo aquello me queda un recuerdo a champán barato. Y más me acuerdo del desencanto que vino después al ver que esto todavía deja mucho que desear que de la alegría de aquella borrachera".









Juan Marsé.



El escritor Juan Marsé también quiso celebrarlo. "Fuimos a la coctelería Boadas, en Barcelona. Estábamos Vázquez Montalbán, Campo Vidal, El Perich, Josep Ramoneda y otra gente de la revista Por favor. No se cabía, teníamos que poner la copa bien alto. Pero nadie gritaba. Todo era discreción, complicidad, miradas".





¿Y qué hizo esa noche el hombre que desde la redacción de la agencia Europa Press aceleró el curso de la historia adelantándose con la noticia a los medios oficiales del régimen? Marcelino Martín Arrosagaray era redactor jefe y tenía 30 años. "Empecé a olérmelo a las once y cuarto de la noche. Y la clave fue que Franco tuvo una tromboflebitis un año antes. Entonces entré en contacto con los servicios de información de la Guardia Civil, Policía Militar y Presidencia. Compartiendo la noche acabas haciéndote amigo del Lobo Feroz. Además contacté con una enfermera que era amiga íntima de otra de las llamadas enfermeras de acceso a planta. Así que a las once y cuarto de la noche del 19 de noviembre el compañero de la agencia Mariano Rodríguez me llama desde La Paz y me dice que han llegado fulano de tal y fulano de tal. Esta gente rompía la rutina. Gente de la familia que se salía del esquema habitual de cada noche. Llamé a mis fuentes. De pronto, uno de mis interlocutores, hacia las dos y media, me dice que ya se ha muerto. Al siguiente interlocutor con el que hablo ya le vendo casi el entierro. Con el siguiente lo que pregunto es: ¿Quiénes estaban al lado; qué familiares? Entonces llamo a mi director, Antonio Herrero Losada, padre del difunto Antonio Herrero. Lo despierto y le digo que tengo cuatro fuentes absolutamente fiables y una quinta que se suma. Él me dice que adelante. Ahora se ve la cosa muy fácil, pero en ese momento había que pensárselo dos veces. La Dirección General de Prensa estaba pasando un teletipo diciendo que el jefe del Estado entraba en una dinámica de recta final. Y yo pasaba aquello de 'Franco ha muerto. Franco ha muerto. Franco ha muerto'. Lo redacté así para que todos los periódicos nos citaran y dejar muy claro que la primicia iba a misa. El entonces director general de Prensa, Manuel Jiménez Quílez, nuestro censor, me amenazó: 'Martín, te vas a tragar el teletipo'. Fue la única vez que vi a mi jefe, un señor del Opus, abroncar a todo un director general de prensa con tacos semejantes".





Después llegaron la música fúnebre a la radio, los documentales de los pingüinos y todo lo demás.





Juan José Millás recuerda a su familia frente la tele en blanco y negro y las colas interminables ante el féretro. "Alguien en casa preguntó: ¿Cuándo podremos hablar mal de Franco? Y otro respondió: Pues fíjate, todavía no podemos hablar mal ni de Felipe II".





Veinticinco años después de la muerte del dictador aún hay personajes públicos, entre ellos un arquitecto de renombre, un periodista famoso, el entrenador de un importante club de fútbol que, aunque recordaban perfectamente aquel día, prefirieron no "remover el pasado" y "mantenerse al margen de unos y otros" en este reportaje.









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Los testimonios de ese tiempo sombrío



A los 25 años de la muerte de Francisco Franco (20 de noviembre) siguen apareciendo estudios que profundizan en las peculiaridades del régimen que presidió en España durante buena parte del siglo XX. La cruenta dictadura que salió de la guerra civil se aborda desde perspectivas muy diferentes, como muestra las últimas novedades



La mejor manera de definir el fascismo es, ante todo, escribir su historia, había escrito Angelo Tasca, y recuerda ahora Enrique Moradiellos en la presentación de un nuevo manual sobre el régimen de Franco. Si donde Tasca decía fascismo, decimos nosotros franquismo, la afirmación será doblemente válida, pues la dictadura de Franco fue un régimen de tan larga duración y sostenido en tan diferentes burocracias militar, eclesiástica, fascista que pretender definir lo que fue en sus comienzos con categorías válidas para lo que será en sus finales deja siempre la impresión de que algo no cuadra. Por más que se debata y llevamos discutiendo ya sobre la misma cuestión la friolera de 35 o 40 años siempre volvemos a lo mismo: a levantar el inventario de definiciones para acabar diciendo que no fue ni una cosa ni la otra, sino una especie de híbrido con una mezcla variable de genes según los vientos que soplaban por el interior y las circunstancias que lo rodeaban por el exterior.





Moradiellos, devoto de las ideas claras y distintas al modo cartesiano, entiende desde el principio que la mejor manera de abordar la comprensión del régimen de Franco consiste en marcar los límites temporales de sus diferentes etapas: cronos es una dimensión esencial de la interpretación histórica. Ha elegido para su periodización la naturaleza de la fuerza hegemónica en cada uno de los tiempos del régimen: una configuración inicial consistente en una dictadura personal caudillista y fascistizada de fuerte impronta militar; unos años de hegemonía nacional-sindicalista, que alarga hasta 1945; una etapa de predominio nacional-católico, que expira en 1959; una fase autoritaria de desarrollismo tecnocrático, que llena los años sesenta, y, en fin, la larga crisis y agonía que habría durado de 1969 a 1975.





El cuadro es, a grandes rasgos, acertado, aun si los límites entre las etapas son discutibles y la hegemonía de una u otra fuerza siempre tropezó con barreras y contrapesos. Dionisio Ridruejo no habría estado de acuerdo en definir como nacional-sindicalista, menos aún como fascista, un tramo que llegara hasta 1945. Y los tecnócratas habitual eufemismo para designar a los miembros del Opus Dei no iniciaron su escalada en 1959, sino dos años antes, ni abandonaron la escena en 1969, sino cuatro años después. Pero estos deslizamientos de fechas no afectan a lo esencial: bajo la permanente vigilancia militar, el régimen dispuso siempre de un componente fascista y de un ingrediente católico, mantenidos en coalición desde el vértice caudillista. Eso fue así en 1940 y eso seguía siendo así, aunque de otra forma, treinta años después, y el manual de Moradiellos explica, con precisión y múltiples lecturas, la totalidad del proceso y los debates que su naturaleza ha suscitado desde el celebérrimo artículo en que Juan Linz acuñó el concepto de autoritarismo.





Durante todos esos años, una presencia se perpetúa: la de Franco en la jefatura del Estado. Hombre corriente, como subtitulaba Andrée Bachoud en la primera edición castellana de una biografía escrita para franceses mejorada ahora en su traducción aunque se hayan deslizado, como en la anterior, algunos errores, no siempre inocuos, es lógico que su impasible presencia al frente de una heterogénea coalición de fuerzas haya suscitado la fascinación de historiadores propios y foráneos. Bachoud se siente intrigada por el abismo que existe entre la vulgaridad del personaje, su permanencia al frente del Estado y la gran transformación de la sociedad bajo su mando. La adhesión o pasividad del pueblo, la protección especial que le otorga la Iglesia, especialmente el Vaticano, y la ayuda de Estados Unidos son para la historiadora francesa las tres principales razones de su éxito.





Bachoud confiesa en el prefacio de su obra que ha optado por no recrearse en episodios como la implacable represión de la guerra civil y la posguerra, la censura y la falta de libertades. Lamentablemente, no fueron episodios, sino datos estructurales del sistema de dominación impuesto tras la guerra civil sin los que resulta imposible comprender la naturaleza misma del régimen ni la entera personalidad del biografiado. Sin duda, el régimen gozó de una adhesión popular y se benefició de la pasividad de una mayoría de la población, pero ni adhesión ni pasividad pueden entenderse sin vincularlas internamente a los mecanismos de control social puestos en marcha desde el mismo momento de la rebelión militar. No se trató únicamente de perseguir a individuos, sino de destruir todos los ámbitos de sociabilidad que no estuvieran estrechamente vigilados por las fuerzas de la coalición vencedora.





Justicia de vencedores. Esta realidad que sirvió de cimiento al Nuevo Estado en construcción es la que tratan de buscar hoy los investigadores que han desbrozado archivos antes poco visitados, como los de los Tribunales Militares, las Audiencias Territoriales, y las Jefaturas de Falange y del Movimiento. Las historias que narran y el cuadro que componen son desoladores, durante la guerra y después. Francisco Espinosa ha exhumado los sumarios que dormían en el Archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo, de Sevilla, y, glosando los expedientes, ha reconstruido la suerte sufrida durante las primeras semanas de la guerra por varios diputados, alcaldes, concejales o vecinos de Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz. En aquellos meses, recuerda Espinosa con razón, más que una guerra lo que ocurrió fue la eliminación pura y simple de cierto número de gente con el propósito de traspasar a otras manos el poder político perdido en 1931. Aun si el objetivo era otro, la eliminación y la represión no se detuvieron cuando la victoria estuvo asegurada. Como Conxita Mir titula con acierto, hubo un tiempo en el que vivir fue sencillamente sobrevivir. Su libro, centrado en la Cataluña rural, revisa con detalle la horrible experiencia a la que fueron sometidos tantísimos españoles por cualquier sospecha que cualquier vecino proyectara sobre ellos: denuncias, interrogatorios, incremento de suicidios, control de los disidentes, picaresca, prostitución, informes de párrocos rurales como delatores o avalistas de conductas, consejos de guerra. La investigación es apabullante: sumarios militares y causas civiles abiertas entre 1939 y 1952 que permiten conocer los nombres y saber de las vidas de mucha gente corriente sometida a lo que jueces militares y civiles quisieran hacer de ellas.





¿Fue necesaria esa represión tan brutal de la población para echar las bases del posterior desarrollo económico? Así podría deducirse de la observación final de la autora cuando entiende el control social ejercido por el régimen durante su primera época como "la antesala de la acumulación que el país necesitó para la modernización posterior". Es discutible, sin embargo, que ese horrible aprendizaje sirviera para otra cosa que no fuera enervar y liquidar las energías de tanta gente que la había derrochado en las décadas anteriores. No sólo no fue necesaria esa antesala para la posterior modernización, sino que la retrasó y la bloqueó durante veinte años.





Falangistas y caciques. Un punto de partida que tome en cuenta las políticas de exclusión y represión como las define Antonio Cazorla es imprescindible para entender la construcción del Nuevo Estado. Gasta tal vez Cazorla en su documentado estudio demasiada energía en llamar la atención, aquí y allá, sobre errores, rigideces, carencias y reduccionismos de una historiografía académica a la que se habría escapado la verdadera sustancia del proceso. Ni hay tal historia académica como un todo indiscriminado, ni ha dejado de ver más de un historiador cosas similares a las que Cazorla ha dedicado su trabajo. La tesis central, que Falange fue siempre un partido débil y desorganizado, sin apenas presupuesto, un partido subalterno y desmoralizado desde 1941 y que, por tanto, nunca existió una etapa fascista del régimen, puede rastrearse en los mismos falangistas disidentes: no otro fue el lamento de Ridruejo ante el Caudillo.





El lugar que Cazorla niega a Falange se lo atribuye a los viejos políticos, los retratados en el cuadro célebre de oligarquía y caciquismo. Su estudio pone de relieve la conexión por así decir genética entre el poder emergente tras la guerra civil y los caciques de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera. La conexión es, desde luego, inapelable y Cazorla la documenta con rigor: allí reverdecen los poderosos de siempre. Pero la conclusión es algo precipitada: el retorno de los viejos políticos no quiere decir que volviera la vieja política. Cuando el autor escribe que "la vieja política parecía brotar por todos lados" pierde de vista que el sistema de dominación ha cambiado por completo. Por eso, porque el sistema es otro bien distinto al de la Restauración, no resultará paradójico que después de presentarnos una Falange tan débil y caótica, y unos caciques tan poderosos, a finales de los años cuarenta presenciemos la consolidación de un poder cada vez mayor de los gobernadores de FET-JONS y la forja de una clase política de falangistas vestidos con su camisa nueva.





El trabajo en archivos de Falange y del Movimiento ha permitido también en los últimos años abrir un nuevo campo a la investigación histórica: el análisis de lo que Francisco Sevillano define como opinión de los españoles. Ya se comprende que esa opinión no se expresaba en los periódicos, sometidos a férrea censura y a severas sanciones por la Ley de Prensa de 1938. Será inútil también buscarla en sondeos y encuestas, aunque desde 1942 ya funciona un Servicio Español de Auscultación de la Opinión Pública. Quedan entonces los informes elaborados por la Delegación Nacional de Provincias y la de Información e Investigación, que conocemos ahora por vez primera de manera sistemática. Lo que se deriva de ellos, sin embargo, no es una "visión cualitativa del estado de opinión", sino lo que los jefes de las delegaciones decían que era la opinión de la mayoría, lo cual no es exactamente la misma cosa.





En todo caso, eso es lo que tenemos gracias al trabajo de Sevillano, que ha destilado la información sobre estados de opinión contenida en esos informes y ha seguido su evolución desde las actitudes condicionadas por el clima de terror durante la guerra hasta las expectativas suscitadas por el desembarco en Normandía o la hostilidad generada por el estado general de miseria y de hambre que la población achacaba al nuevo régimen. Es significativa la insistencia de esos informes en la falta de entusiasmo y la inhibición de la mayoría, que serán contrarrestados por la prensa a base de campañas destinadas a reforzar el mito del caudillo cuya sabiduría y prudencia ha mantenido a España al margen de la guerra mundial y ha preservado la paz y el orden interior. No por casualidad, ésos serán los dos valores prioritarios en las encuestas que más adelante, y con más rigor metodológico, emprenderá el Instituto de Opinión Pública.





Nunca se acabará de comprender la naturaleza y el coste que para España tuvo el régimen de Franco si no se extiende la mirada a quienes, para salvar la vida, tuvieron que cruzar la frontera. Fueron cientos de miles y de ellos se ha escrito también en abundancia. En esta ocasión, pasan ante nuestros ojos las vidas de 50 mujeres que sufrieron de manera extrema la política de exclusión. Sólo que la suya no terminó en el abatimiento ni la pasividad. Al terminar la guerra de España continuaron su combate en la Resistencia francesa y pagaron por ello un alto precio: ser conducidas a los campos de exterminio nazis. Neus Català ha recogido el relato de sus historias, contadas por ellas mismas.





De aquel tiempo y del personaje que lo dominó sin sombra alguna no nos quedan sólo testimonios escritos. Los hay también, y muy abundantes, fotográficos. Franco tuvo buen cuidado de fabricar una imagen pública como generalísimo, jefe del partido único, caudillo enviado por Dios, vigía de Occidente, hombre de Estado, conductor de muchedumbres, padre de familia, abuelo. García de Cortázar ha preferido ordenar esas imágenes por bloques cronológicos, ofreciendo una especie de película del régimen, con introducciones y comentarios a pie de foto siempre punzantes. Sólo se echa de menos alguna fotografía de gran formato hay una pero como arrinconada y poco significativa con Franco en su posición preferida: entrando en catedral bajo palio. Las hay a montones y podrían servir como metáfora de un régimen que construyó sus fundamentos sobre las dos grandes burocracias vencedoras de la guerra civil y administradoras supremas de la posguerra: el Ejército y la Iglesia.





Cuestiones generales y atención a los detalles





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La España de Franco (1939-1975). Política y sociedad.

Enrique Moradiellos. Síntesis. Madrid, 2000. 319 páginas. 2.200 pesetas.

Dentro de una nueva colección de historia de España, este excelente manual da cuenta de la evolución del régimen desde su formación hasta su crisis y agonía, con una atención ponderada a la política, interior y exterior, y a la sociedad.





Franco.

Andrée Bachoud. Traducción de María Pons. Crítica. Barcelona, 2000. 565 páginas. 5.000 pesetas.

Nueva versión de una biografía de Franco escrita con ágil pluma por una especialista en las guerras de África que se pregunta por la permanencia en el poder y por el éxito final de un personaje mediocre.





Vivir es sobrevivir. Justicia, orden y marginación en la Cataluña rural de posguerra.

Conxita Mir. Milenio. Lleida, 2000. 301 páginas. 2.500 pesetas.

Investigación original y exhaustiva de causas civiles y sumarios militares seguidos por la Audiencia Provincial de Lleida y el Tribunal Militar Territorial Tercero, de Barcelona, con una atención específica a los informes emitidos por párrocos rurales. Un testimonio abrumador sobre la justicia durante la primera década del régimen.





La justicia de Queipo. Violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936.

Francisco Espinosa Maestre. Autoedición. Sevilla, 2000. 383 páginas. 3.000 pesetas.

Se presentan aquí diversos casos de eliminación de individuos no afectos a la rebelión, documentados sobre todo en los expedientes que se conservan en el Tribunal Militar Territorial Segundo, en Sevilla.





Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado franquista (1938-1953).

Antonio Cazorla Sánchez. Marcial Pons. Madrid, 2000. 259 páginas. 2.800 pesetas.

Más allá del debate sobre la naturaleza del franquismo, Cazorla opta por una visión desde abajo y sigue el proceso de construcción del Nuevo Estado con los aportes procedentes del viejo caciquismo en los ámbitos locales y el recurso a las políticas de exclusión y represión.





Ecos de papel. La opinión de los españoles en la época de Franco.

Francisco Sevillano Calero. Biblioteca Nueva. Madrid, 2000. 225 páginas. 1.800 pesetas.

Una exploración sobre las actitudes políticas de los españoles, a base de los informes, nunca inocentes, emitidos por las autoridades locales del Movimiento y por los datos de auscultaciones y encuestas no siempre fiables.





De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres españolas.

Neus Català. Península. Barcelona, 2000. 413 páginas. 3.250 pesetas.

Resistente y deportada al campo de Ravensbrürck, Català ha reunido los testimonios, en primera persona, de 50 mujeres que atravesaron muy jóvenes la frontera y se incorporaron a la Resistencia francesa.





Fotobiografía de Franco. Una vida en imágenes.

Fernando García de Cortázar. Planeta. Barcelona, 2000. 183 páginas. 2.995 pesetas. Con su demostrada capacidad para acercar la historia a un público amplio, García de Cortázar ha reunido una estupenda colección de fotografías que revisan, con notas escritas en un lenguaje vivo, la vida pública y privada de Francisco Franco.













© Copyright DIARIO EL PAIS,19 de noviembre de 2000.

LIBROS: Francisco Franco





Chamorro, Eduardo: Francisco Franco, ed. Plaza & Janés, Barcelona 1998, 236 págs.







No es una biografía más de Franco, sino una colección de ensayos, la mayoría de los cuales apenas tiene relación con el personaje, así los que rehacen la crónica de la Dictadura de Primo de Rivera o de la II República. Hay también un capítulo sobre Acción Española donde el autor sigue la monografía de Morodo y no la reciente de González Cuevas (Vid. reseña en «Razón Española», núm. 89, págs. 360-364) y, por tanto, incurre en errores.



Franco es presentado como un monárquico, pero leal colaborador del Gobierno republicano y contrario a todos los golpes militares que van siendo concebidos o realizados, hasta que el asesinato de Calvo Sotelo le decide a sumarse al alzamiento que capitanea Sanjurjo y dirige Mola. El autor interpreta incorrectamente la carta de Franco al ministro S. Casares Quiroga (23-VI-1936) que no es, como afirma, la «busca de un hueco bajo el sol republicano», sino, evidentemente, una última advertencia para frenar la radicalización frentepopulista y evitar la guerra civil.



En los capítulos finales el autor, apoyándose en un texto de Cassirer traido por los pelos, incluye un ensayo, entre culterano y conceptista, para presentar a Franco como un «mito» político sin que se acabe de entender si se trata de un elogio o de una objección, aunque más bien parece lo primero: Franco como encarnación españolista del humanismo cristiano en lucha contra la rusófila barbarie comunista.



En las páginas finales, el autor reproduce alguno de los más falsos tópicos del antifranquismo. Por ejemplo, que el ejército de Africa practicaba la «aniquilación» cuando, como se le ha reprochado, la táctica de Franco era avanzar con lentitud para evitar destrucciones y bajas; que carecía de «teoría política» cuando antes el autor afirma que dependía de la doctrina de Acción Española; que «contemplaba con manga ancha la corrupción administrativa» cuando la era de Franco es la más honesta de la España contemporánea; que no tenía «escrúpulos» cuando el proverbial prudencialismo de Franco era la traducción de una conciencia moral y nacional muy estricta; que tenía la «ilusión autárquica» cuando la autarquía económica fue la consecuencia del bloqueo y fue abandonada en cuanto el contexto mundial lo hizo posible; que la «prosperidad» de España fue ajena a Franco cuando era él quien nombraba a los ministros y quien les daba la base de poder para actuar (desde que murió, no hemos cesado de alejarnos de la convergencia real con Europa); etc. Además, el autor se hace eco de desinformaciones tan absurdas que resultan cómicas. Por ejemplo, que en los Presupuestos del Estado las fuerzas armadas y del orden absorbían el 45 por 100; la realidad es muy otra, (en 1950 2,6 por 100; 1960 1,7 por 100; 1970 1,6 por 100; 1975 1,5 por 100 del Pib). Otro divertido ejemplo es que Franco consumía seis mil cartuchos en una jornada de caza, lo que supone mil doscientos por hora, o sea, veinte por minuto, uno cada tres segundos (habría que usar decenas de escopetas repetidoras, criar y soltar unas diez mil perdices, y ni el hombro de Hércules podría resistirlo).



Hay un breve apéndice con opiniones sobre Franco donde apenas se selecciona alguna de los que fueron sus colaboradores próximos (Vid. el testimonial volumen colectivo Franco visto por sus ministros, ed. Planeta, Barcelona 1981) y se prefiere a críticos que no le trataron.



Que después de obras fundamentales como las de los profesores Ricardo de la Cierva o Luis Suárez, se escriban páginas como éstas sin un sólo dato inédito, no resulta intelectualmente justificable. No es un libro de historia, sino de columnismo periodístico.



Quien pretenda conocer la vida y la obra de Franco tendrá que acudir a otras fuentes.







A. Landa





La Masonería bajo la dictadura franquista

(Francisco MORENO GÓMEZ)







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Qué duda cabe que la etapa más grave en la historia de la Masonería española ha tenido lugar bajo el régimen franquista, tomando como punto de partida de este el 18 de julio de 1936. La represión sufrida ha sido tan exhaustiva y rigurosa que esta Orden iniciática y filantrópica ha quedado en España definitivamente reducida a cenizas, bajo las cuales hoy día sólo puede hallarse un tímido rescoldo que difícilmente sobrepasará ya el nivel de lo testimonial y lo nostálgico, cuando, por el contrario, en Europa o en América esta organización cuenta con millones de adeptos. Insólito, por consiguiente, el caso español.



El franquismo no hizo sino agravar e intensificar la fobia y la saña que los fascismos europeos de los años veinte y treinta habían lanzado ya contra la Masonería. En esa coyuntura europea de quiebra y crisis de las democracias burguesas hay que situar la represión de la Masonería, organización estrechamente vinculada a la democracia liberal. En esta represión, ningún dictador como Franco ha llegado tan lejos en el acoso y métodos empleados, hasta convertir el antimasonismo en un "leit-motiv" de su régimen, bajo la teoría del "contubernio".



Desde la dramatica fecha del golpe militar de 1936 se precipita una vertiginosa cuenta atrás contra los masones y va surgiendo una curiosa legislación antimasónica, reflejo de la obsesión de Franco por este asunto. El 15 de septiembre de 1936 se publicó su primer decreto contra la Masonería, cuyo primer artículo dice así: La Francmasonería y otras asociaciones clandestinas son declaradas contrarias a la ley. Todo activista que permanezca en ellas tras la publicación del presente edicto será considerado como reo del crimen de rebelión. Pero en esa fecha, muchos masones españoles habían sido ya fusilados.



Desde comienzos de 1937 la Secretaría Particular de Franco (Delegación de Servicios Especiales) se afanaba por reunir en Burgos, y luego en Salamanca, toda documentación posible sobre logias y masones. En el mes de mayo del mismo año era nombrado Marcelino Ulíbarri director del Servicio de Recuperación de Documentos, cuya sede definitiva estuvo en Salamanca, con el objetivo de reunir un gran fondo documental que permitiera al franquismo llevar a cabo la depuración total de cualquier vestigio de filiación masónica.



De todas formas, antes de cualquier legislación y de cualquier labor depuradora, había comenzado a escucharse el lenguaje de la ametralladora en la España controlada por Franco, desde los primeros días de la sublevación. Desde esos momentos ya pueden observarse en toda la prensa nacionalista toda suerte de insidias contra la Orden masónica y llamadas a su exterminio. En "El Defensor de Córdoba" (21 -8- 1936) lanza proclamas de este tipo: Cordobeses, que sois amantes de San Rafael; cordobeses, devotos de la Virgen de la Fuensanta, declarad la guerra a muerte a los laicos, a los masones, a sus hijuelas y a todos sus adeptos....



Aún con fecha anterior (24-7-1936) leemos lo siguiente en el mismo periódico: Luchemos para formar un solo frente nacional contra los judíos y las logias de masones, contra Moscú y las sociedades obreras de tipo marxista, las llamadas al exterminio son constantes, como esta: Todo va bien, gracias a Dios... Pero el triunfo no será completo, definitivo ni estable, mientras subsista la Masonería en nuestra España. Y para que aquélla desaparezca, ¿qué hacer? Preguntad a Mussolini (2-10-1936).



La cruzada antimasónica revistió, pues, formas desmesuradas desde los mismos orígenes del franquismo. El diario "Arriba", órgano falangista, incitaba a la cruzada de España contra la Política, el Marxismo y la Masonería (27-8-1936). El periódico "Amanecer", de Zaragoza, nos ofrece otro ejemplo similar: Nos parece saludable insistir en el tema de la Masonería. Es tal el daño que esta sociedad perniciosa ha causado a España, que no pueden la Masonería ni los masones quedar sin un castigo ejemplarísimo. Castigo ejemplar y rápido... (19-9-1936). Y ya entendemos lo que significaba el castigo "ejemplar y rápido".



Una de las primeras medidas de los sublevados en 1936 fue el asalto, saqueo, incautación y destrucción de los locales masónicos, al igual que se hizo con centros obreros o del Frente Popular. El franquismo metía en el mismo saco masones y marxistas, conceptos muy dispares entre sí, pero igual de incómodos para un fascismo ascendente. De este modo, el local de la logia Turdetania de Córdoba fue incendiado. El templo masónico de Santa Cruz de Tenerife fue incautado y convertido en sede de Falange. La casa de otra logia en Santa Cruz de La Palma llegó incluso a ser cañoneada. Mientras tanto, cundía una auténtica fiebre incautadora de documentos masónicos por toda la zona franquista, que se remitían rigurosamente vigilados al Servicio de Recuperación de Documentos de Salamanca, a fin de que sirvieran de base para la magna campaña depuradora que se tenía planeada.



Pero antes que cualquier simple depuración, tuvo lugar la más radical de todas, la represión física, es decir, el fusilamiento, sobre todo en el verano de 1936. Algunos de los estudios provinciales recientemente publicados, así como la extensa obra de Ferrer Benimeli, nos arrojan luz sobre esta página sangrienta de nuestra historia. En las grandes matanzas franquistas de 1936 ocuparon lugar cualificado muchos masones, aunque cuantitativamente la represión se cebara en las organizaciones obreras y del Frente Popular. El fusilamiento de masones no esperó a ninguna legislación al respecto. Desde el comportamiento al respecto del fascismo italiano y del nazismo alemán en los años veinte y treinta respectivamente, ya sabían sus homólogos españoles cómo debían actuar a partir del 18 de julio. Ya en la campaña electoral de Gil Robles se habían lanzado insidias contra los masones. Y la propia Iglesia Católica venía echando su parte de leña al fuego, culpando sistemáticamente a la Masonería de cualquier iniciativa laica, liberal o progresista durante la etapa republicana.



La casuística del holocausto de los adscritos a la orden de la libertad, la igualdad y la fraternidad resulta patético. De la logia Helmantia de Salamanca, fueron fusilados 30 masones, entre ellos un pastor de la iglesia evangélica. De la logia Constancia de Zaragoza, perecieron otros 30 afiliados. Del triángulo Zurbano, de Logroño, fusilaron a 15 miembros; del triángulo Libertador de Burgos, a siete, y del Joaquín Costa de Huesca, otros siete. De la logia Hijos de la Viuda de Ceuta, a 17. De la logia Trafalgar, de Algeciras, fueron fusilados 24; de la logia Resurrección, de La Línea, mataron a nueve, a siete los condenaron a trabajos forzados, mientras otros 17 lograron refugiarse en Gibraltar. De la logia Fiat Lux, también de La Línea, fusilaron a tres, que no lograron, como otros, escapar a Gibraltar o a Tánger.



De la logia Vicus, de Vigo, salvo muy pocos que consiguieron la huida, los demás fueron eliminados. Igual suerte sufrieron casi todos los masones de La Coruña, entre ellos el jefe de Seguridad, comandante del Ejército, señor Quesada, y el capitán señor Tejero. La matanza fue igualmente masiva entre los hermanos de la logia Lucus, de Lugo, al igual que los masones de Zamora, gran parte de los de Cádiz, los de las logias de Granada, hasta un total de 54, entre ellos el ilustre oftalmólogo doctor don Rafael Duarte, profesor de la Facultad de Medicina, y su hijo, también doctor. Igualmente fueron asesinados todos los masones de varias logias de Sevilla, entre ellos don Fermín de Zayas, ilustre militar, miembro del Supremo Consejo, y su hijo. En Valladolid fusilaron a 30 de la logia Constancia, entre ellos, al gobernador civil, que era masón. Los ejemplos podrían continuar con otras muchas ciudades y capitales.



Nuestro estudio sobre Córdoba nos permite algunas precisiones más sobre las características de esta represión. En el verano de 1936 fueron fusilados en la capital destacadas personalidades, que se habían distinguido a la vez por su pertenencia a la Masonería y por su relevancia en la política republicana. El 28 de julio mataron al ex diputado de las Cortes Constituyentes Joaquín García Hidalgo, miembro de la logia Turdetania. En agosto sufrieron el mismo trágico fin el eminente médico Manuel Ruiz Maya, de la misma logia, al igual que José Guerra Lozano, que había sido presidente de la Diputación. En septiembre fusilaron al destacado epidemiólogo doctor don Sadí de Buen Lozano, cuyo hermano Demófilo ostentaba cargos directivos en el Gran Oriente Español, hecho que sin duda influyó en la eliminación de Sadí de Buen. Más tarde mataron a otro miembro de Turdetania, Pablo Troyano Moraga, también ex presidente de la Diputación, después que fue denunciado como masón por el cura de su barrio.



Otros masones de la capital se salvaron, porque hubieron de pasar por las horcas caudinas de la retractación, fuertes sanciones económicas y la "conversión" a la Falange. De ello da noticia un informe redactado por el comisario de policía de Córdoba, con destino a las autoridades de Salamanca, que alude a diferentes masones en esta forma: Fueron detenidos don Bernardo Garrido de los Reyes, e impuesto siete meses de arresto por el Ilmo. señor Jefe de O. Público; don Juan Peinado Reyes, industrial, que le impuso la citada autoridad 15 días de arresto, siete mil pesetas de multa y baja en la Presidencia de la Cámara Urbana. Don Rafael Castiñeira Granados, procurador, puesto en libertad poco después de detenido...



No se alude en el informe anterior a otro miembro de Turdetania, Francisco de P. Salinas Diéguez, ex diputado radical, que se adhirió a la Falange en el verano de 1936 y se le vio por Córdoba con los correajes de la Guardia Cívica, después de haber sido multado y haber pasado unos días "en cuarentena". Parecida evolución de circunstancias siguió su compañero de logia Juan Peinado Reyes, que ingresó en la Guardia Cívica, después de haber sufrido multa de siete mil pesetas y prisión de ocho días. El terror que aquellos días se vivía en Córdoba explica suficientemente estas "conversiones".



En la localidad cordobesa de La Rambla fusilaron a Antonio Hidalgo Flores por masón, según dice la sentencia: se le aplica el bando de guerra, porque era masón y tenía una taberna en la que se reunían los extremistas. Con todo, quizá el caso más trágico de la provincia de Córdoba fue el ocurrido en la ciudad de Lucena, donde existía un triángulo masónico con floreciente actividad. Su venerable maestro era Javier Tubío Aranda, a la vez alcalde del Frente Popular, de Izquierda Republicana. Todos los hermanos quedaron detenidos en cuanto se consolidó la sublevación. En la madrugada del 28-29 de septiembre los enviaron a Córdoba capital en un camión, pero en el trayecto dieron "el paseo" al venerable Javier Tubío. A los demás los fusilaron días después en la capital. Eran hombres tachados de liberales y laicos y mirados con gran recelo en una localidad con fuerte definición clerical.



Un caso pintoresco, reflejo de la animosidad antimasónica, ocurrió con un eminente masón cordobés, catedrático de Instituto y diputado del Frente Popular, don Antonio Jaén Morente, que se salvó por hallarse en zona republicana. Pero el Ayuntamiento cordobés se reunió en sesión plenaria y lo declararon hijo maldito de Córdoba.



Por último, para completar el cuadro represivo en Córdoba, que puede presentarse como paradigmático de múltiples holocaustos en toda la zona franquista, conviene referirse a la entrada en Palma del Río de la columna sevillana al mando del teniente coronel Baturone. Rápidamente buscaron al venerable de la importante logia allí instalada (Luz y Prosperidad), don Antonio España Ocaña, pero logró escapar. No así el alcalde republicano José Ruiz Cabrera, que era masón, al que fusilaron públicamente con otros, mientras la prensa sevillana se hacía eco del "nido de masones" desmantelado en Palma del Río.



La legislación fanquista vuelve contra la Masonería el 21 de diciembre de 1938, cuando Franco decretó que todas las inscripciones o símbolos de carácter masónico o que pudieran molestar a la Iglesia católica fueran eliminados de todos los cementerios de la zona nacional en el plazo de dos meses. Para entonces se había consumado ya la que entendemos primera gran etapa en la represión de la Masonería, la del comienzo de la guerra, y que se caracterizó por la máxima severidad, es decir, el fusilamiento. Todavía en octubre de 1937 eran fusilados en Málaga 80 prisioneros acusados de masones, lo cual no quiere decir que todos lo fueran, sino que tal acusación tenía suficiente entidad para cualquier eliminación. Como balance cuantitativo puede asumirse el informe de la asamblea anual de la Masonería, que se celebró en Madrid los días 15 y 16 de diciembre de 1937, según el cual todos los hermanos que no habían podido huir de la zona franquista habían sido asesinados.



La Masonería vuelve a quedar incursa en la ilegalidad franquista en la célebre Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939, donde, junto con todos los partidos del Frente Popular y sindicatos, se declaran (una vez más) fuera de la ley todas las logias masónicas.



El 1 de marzo de 1940 se dictó la principal ley antimasónica del Régimen, la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Las penas iban desde la incautación de bienes hasta la reclusión mayor. Los masones, aparte de las sanciones económicas, quedaban automáticamente separados de cualquier empleo o cargo de carácter público. Se establecieron penas de veinte a treinta años de prisión para los grados superiores, y de doce a veinte para los cooperadores. La depuración llegaba a tal extremo que impedía formar parte de un "Tribunal de Honor" a quien tuviera algún pariente masón hasta segundo grado de consanguineidad. Con esa misma fecha quedaba constituido el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, Tribunal que estuvo en vigor hasta la creación del Tribunal de Orden Público en 1963. El de la Masonería fue suprimido el 8 de febrero de 1964.



El 1 de julio de 1941 una orden circular lanzó una nueva campaña de expedientes depuradores que podía afectar a cualquier cargo civil o militar del Estado español, en sus múltiples administraciones, tanto nacionales como provinciales o locales. Nadie quedaba libre de sospecha y el Régimen estaba dispuesto a no dejar impune la menor veleidad comunista o masónica. Según Ferrer Benimeli, sólo en 1942 se sustanciaron 3.699 expedientes, de los que resultaron positivos 924, es decir, la cuarta parte. Ni el propio ejército de Franco quedaba exento de la espada de Damocles de la depuración. Se constituyeron tribunales de honor en todas las armas y en la Guardia Civil, poniendo al frente de los mismos a aquellos jefes u oficiales sin el más leve asomo de sospecha. Por otra parte, el hecho de que en el Servicio de Documentación de Salamanca se acumulan unas 80.000 fichas de supuestos masones (cuando en 1936 no rebasaban la cifra de 5.000) revela las dimensiones de la llamada cruzada antimasónica y la fiebre acusatoria que existió en el seno del Régimen.



Conviene que aludamos a la aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas, por la incidencia que tuvo en la vida cotidiana de las provincias, y porque con ella comienza la segunda etapa represiva, la de la posguerra, en la que predomina el criterio de la depuración, y ya apenas el fusilamiento, por el simple hecho de la adscripción masónica. Una de las curiosidades de la Ley de responsabilidades era su retroactividad hasta octubre de 1934, contra aquellos que se hubieran opuesto al triunfo del Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave. Esta ley se basaba fundamentalmente en la sanción económica, y afectaba a todos los que fueran o hubieran sido sometidos a expediente judicial, incluso los que ya habían sido fusilados desde el verano de 1936. Y en la aplicación de esta ley se observa una especial saña contra los masones y sus familiares, porque en el caso de los fusilados, eran los herederos los que debían hacer frente a la sanción. Algunas familias, temiendo su ruina definitiva, lograron hacer prosperar recursos procesales para rebajar la cuantía de las sanciones. El Boletín Oficial de cada Provincia se encargaba de ir publicando interminables listas de incursos en la Ley de Responsabilidades. Así consta, por ejemplo, en el Boletín de Córdoba, donde todo masón fusilado en 1936 aparece sancionado con diferentes cuantías, con cargo a sus familiares, que no podían disponer libremente de sus bienes hasta que hicieran efectivo el abono de la sanción. Las sentencias de los Tribunales de Responsabilidades se dictaban igualmente contra masones de paradero desconocido, contra los que se publicaban contínuas requisitorias.



En el sentido plenamente judicial actuaba el ya citado Tribunal Especial para la Represión de la Masonería, que extendía sus actuaciones no sólo a los presentes en el país con antecedentes masónicos, sino también a los que se hallaban en el extranjero. Así, no es extraño encontrarse en el que fue Archivo de los Servicios Documentales de Salamanca sentencias condenatorias contra Martínez Barrio, Jiménez de Asúa, Casares Quiroga y otros, en unos términos pintorescos, aplicándoles el "alias" como a viles delincuentes, como podía leerse en la prensa: Se condena a Diego Martínez Barrio, alias "Verniaud", venerable maestro, soberano, inspector, comendador, gran maestro nacional, a la pena de 30 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta; a Luis Jiménez de Asúa, alias "Carrara", maestro masón de la logia Danton, a 20 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta; a Augusto Barcia, alias "Lassalle", gran maestro, a 20 años de reclusión mayor e inhabilitación absoluta; a Santiago Casares Quiroga, alias "Saint Just", maestro masón de la logia Suebia, a 20 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta.



Respecto a los militares, el criterio de depuración seguido por el Tribunal Especial fue que no debían figurar en los cuadros activos de los Ejércitos los que hubieran servido a la secta, aunque más tarde se hubieran retractado. Uno de los afectados más conocidos por esta normativa fue el general Aranda que, a pesar de su decisiva participación en la guerra a favor de Franco, fue pasado a la reserva, y no logró ser rehabilitado hasta la tardía fecha de 1976, ya con 86 años.



La actuación del Tribunal era tan rigurosa, reflejo de la obsesión antimasónica del Régimen, que a muchos masones se les incoaba doble expediente y se les sometía a doble condena. Por ejemplo, a Gabriel Morón, de Córdoba, ex diputado de las Cortes Constituyentes, que se hallaba en el exilio, fue expedientado por el Tribunal Especial nº 1 en 1951 (Causa 1176/51), después que en 1942 ya había sido sumariado en la causa 113/42. De igual forma, otro destacado masón cordobés, el médico Manuel Ruiz Maya, fue expedientado "post mortem" (lo fusilaron en 1936) en 1950 (Causa 350/50), después de haberle sido incoado también sumario en 1945 (Causa 1005/45).



Las actuaciones depuradoras eran minuciosas y complejas. Condición "sine qua non" para cualquier intento de rehabilitación era el requisito de la retractación. En el Archivo de Salamanca, los expedientes personales anotan cuidadosamente en portada este concepto: "retractado" o "No retractado". Para que la retractación fuese válida debía ser acompañada forzosamente por la denuncia de otros compañeros masones, lo cual hemos podido comprobar. Los retractados mencionan siempre varios nombres de hermanos de la misma logia o taller.



Hemos considerado que la represión antimasónica en su segunda fase, la de la postguerra, atiende fundamentalmente a los antes citados procedimientos depuradores. Pero no quiere decir que no se practicaran ta nbién en la postguerra algunos fusilamientos, de gran impacto, contra ciertos masones que habían pasado la guerra en zona republicana. En 1940 se fusiló en Palma del Río (Córdoba) a un destacado miembro de la logia Luzy Prosperidad, Gumersindo Santiago Páez, él sólo ante el piquete de ejecución, a las ocho de la tarde. Había sido uno de los fundadores de la importante logia en 1913. Pero mucho más sobrecogedor fue el agarrotamiento, también en Córdoba (Puente Genil), del venerable de la logia 18 de Brumario Antonio Romero Jiménez, arrendatario acomodado, capitán honorario de la Legión, íntimo amigo de Queipo de Llano (al que acogió en su casa cuando el movimiento de diciembre de 1930), y amigo también de otros militares africanistas, incluidos Millán Astray y el propio Franco. Dado que Antonio Romero permaneció leal a la República, sus antiguos amigos de armas decidieron aplicar duro castigo al cordobés masón, de tal manera que fue la única víctima a la que aplicó el garrote vil en la provincia de Córdoba en aquellos años. La pena se ejecutó en su propio pueblo, Puente Genil, el 24 de octubre de 1939.



En conclusión, la obsesión antimasónica del Régimen de Franco, con toda su teoría del "contubernio judeo-masónico-marxista", incluso con tintes de cruzada, hay que entenderla dentro del contexto internacional de la evolución de los fascismos europeos y dentro de la gran crisis de la democracia liberal en torno a los años treinta. Los dictadores que emergen entonces consideran ante sí dos flancos adversos que deben eliminar de raíz: por un lado los teóricos de la "libertad, igualdad y fraternidad", defensores de los derechos del individuo, la tolerancia, la libertad de creencias y del sistema democrático, en contra de absolutismos o dictaduras, es decir, los masones y librepensadores; y por otro lado, los movimientos obreros y el espectro del triunfo de la revolución rusa. Contra unos y otros actuaron drásticamente desde Mussolini a Franco, pasando por Hitler. Contra estos últimos se hizo una represión masiva, y contra los masones una represión selectiva, pero no menos cruel. En cualquier caso, España, una vez más, fue diferente, ya que, mientras la Masonería europea reprimida por el fascismo o por el nazismo, logró sobreponerse y rehacerse, no así en el caso español, donde la represión fue tan profunda y tan obsesiva que la vieja tradición liberal y masónica fue aniquilada y desmantelada para siempre. Así, llegamos a la curiosa constatación de que, mientras en la mayoría del mundo capitalista occidental la Masonería mantiene aún una considerable implantación y cierta influencia, con varios millones de adeptos, España aparece como un punto casi en blanco en su contexto occidental, después de cuarenta años de régimen franquista.

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