domingo, 7 de noviembre de 2010

1313 Xalapa 700 El Paso de Cortés. J. B. ZILI B.

Por JB Zilli




Publicado en PUNTO Y APARTE, Jueves 13 de marzo de 1986, p. 15



EL PASO DE CORTÉS

Primero



Lo primero que debemos anotar es que la evangelización y la institución de la iglesia de Xalapa se hace a partir del altiplano, de Tlaxcala, o de Puebla, como se llamó la diócesis. Es verdad que Hernán Cortés y su ejército pasaron por Jalapa en su primer viaje a México. Esta fecha sería la del primer encuentro de la ciudad, futura capital del estado de Veracruz, con representantes del cristianismo. Según Bernal Díaz del Castillo hicieron una jornada de Cempoala a Xalapa:



“Y partimos de Cempoal mediado el mes de agosto de mil quinientos diez y nueve años, y siempre con muy buena orden, y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante. Y la primera jornada fuimos a un pueblo que se dice Xalapa, y desde allí a Socochima; y estaba bien fuerte y mala entrada, y en él había muchas parras de uva de la tierra. Y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, todas las cosas tocantes a nuestra fe, y cómo éramos vasallos del emperador Don Carlos, y que nos envió para quitar que no haya más sacrificios de hombres, ni se robasen unos a otros, y se es declaró muchas cosas que se convenían decir. Y como eran amigos de Cempoal y no tributaban a Moctezuma, hallábamos en ellos buena voluntad, y nos daban de comer. Y se puso en cada pueblo una cruz y se les declaró lo que significaba, y que la tuvieses con mucha reverencia” (1)



No es creíble que una sola jornada haya llegado a Xalapa el ejército de Cortés. Ya Fray Juan de Torquemada hizo esta atinada observación: “Comenzaron a caminar con buen orden de guerra, y aunque dice Herrera, que llegó aquél día a Xalapa, no puede ser, porque ai de un pueblo a otro quince leguas, y un campo formado, y de gente de a pie, y con vagage, no camina tanto en un día: harto harían en quedarse a medio camino, que aún a caballo es mui malo de pasar, en tiempo de aguas, que es cuando ellos lo pasaron, porque es toda la tierra cenagosa, en términos de más de ocho leguas, y se sumen los caballos hasta la barriga…”(2)



Torquemada confirma que en Xalapa fueron bien recibidos y que allí se predicó y se plantó la cruz: “Allí les dijo Cortés, que venía enbiado de el Rei de Castilla, para amonestarles a dexar el sacrificio de hombres y los demás pecados de que usaban, y a vivir en paz, y justicia, y castigar a los tiranos. Puso en cada pueblo una cruz; mandó que la tuviesen con mucha reverencia, porque con más de propósito se les daría a entender que de aquélla santa insignia, les había de proceder el sumo bien en este mundo, y en el otro”(3). Como se ha advertido, ya se anuncia la evangelización que vendrá más tarde: “Como más a propósito se les daría a entender”.



Es más exacta la estimación de las jornadas hecha por el propio Hernán Cortes en la 2ª. Carta de relación: “Yo fui muy poderoso señor por la tierra y señorío de Cempoal, tres jornadas donde de todos los naturales fui bien recibido y hospedado: y a la cuarta jornada entré en una provincia que se llama Sienchimalén…”(4) Cortés, por su parte, nos confirma también un dato que está en los otros dos autores: fueron bien recibidos en Xalapa. Todas estas cosas se aclaran y se confirman en la Crónica de la Nueva España de Francisco Cervantes de Salazar escrita en 1554 y que dice lo siguiente:



“Las tres primeras jornadas que nuestro ejército caminó por tierras de aquellos sus amigos fue muy bien rescebido y hospedado especialmente en Xalapa”.(5)



Esa fue la primera vez que bautizados cristianos estuvieron en Xalapa. Pero los evangelizadores propiamente dichos, los misioneros, llegaron después y a partir del altiplano, según se dijo antes.



DE CALCAHUALCO A JALAPA

Segundo



Los 12 primeros franciscanos eligieron por custodio a Fray Martín de Valencia y se dividieron todo el territorio en 4 monasterios. A uno de ellos le fue encomendada Xalapa: “Los cuatro monasterios o religiosos de ellos repartieron sus distritos de esta manera: A México acudía todo el valle de Toluca, y el reino de Michoacán, Guatitlán y tula y Xilotepec, con todo lo que ahora tienen a cargo los padres agustinos hasta Mextitlán: A Texcuco acudían las provincias de Otumba, Tepepulco, Tulancingo, y todos lode más que caen hasta la Mar del Norte: A Tlaxcala acudía Zacatlán, y todas las serranías que hay por aquélla parte hasta la mar, y lo de Xalapa hasta la mar, y lo que cae hacia el río de Alvarado: a Cuaxocingo acudían Cholula, Tepeaca, Tecamachalco y toda la Mixteca, y lo de Guacachula y Chietla”(6), en esta geografía embrionaria de la iglesia mexicana ya aparece el nombre de Xalapa. Esta misma división es atestiguada por Fray Juan de Torquemada que escribe varios años más tarde. Allí también Xalapa está colocada bajo la jurisdicción de Tlaxcala:



“A Tlaxcalla, tercer convento, acudía Zacatlán, y todas las Serranías, que hay, por aquélla parte, hasta la mar, y la Provincia de Xalapa, y Cempoalla (que fue la parte, por donde entraron nuestros españoles) hasta la mar, y todas las poblaciones, y provincias, hay aí hasta el río de Alvarado”.(7)



Desde 1524 Xalapa está bajo la jurisdicción de Tlaxcala; de allí le llegan los evangelizadores. Y llegan a través de Calcahualco, que así resulta el primer asiento de los misioneros en tierras de Veracruz. Torquemada dice a este respecto lo siguiente:



“A los principios de la conversión de estas gentes, tuvieron casa nuestros religiosos en un pueblo de la Serranía, que baja a la Vera Cruz, y puerto de San Juan de Ulúa, en el Mar del Norte, llamado Calcahualco, por ser puesto acomodado para poder salir de la Serranía, que son muchos y corren por muchas leguas (aunque después se pasaron a Xalapa, que es más arriba, hacia la parte del norte, y bajaron a Tehuacán, que le cae a estotra del Sur, o mediodía) siendo pues, este pueblo de San Salvador o Calcahualco de la doctrina, y visita de los Frailes Franciscanos, murieron en él dos religiosos, llamados, el uno, Fray Lorenzo de Santiago y el otro, Fray Juan de Cáceres”.(8)



Es la única noticia que hemos encontrado sobre estos primeros misioneros de Veracruz. Allí mismo se cuenta que los indígenas guardan su recuerdo y veneran sus nombres muchos años después, en 1612, según el testimonio digno de fe del “Licenciado Cristoval Ruiz de la Cabrera, beneficiado y vicario del partido de San Juan Quauhtuco, en cuya jurisdicción cae este dicho pueblo de San Salvador”. Nos habría gustado saber más de estos santos varones inmersos en un pueblo todavía infiel al que lograron atraer y bautizar y que, por su parte, supo guardar su memoria con gran devoción, según muestra Torquemada allí mismo.



(1) Bernal Díaz del Castillo, Historia de la Conquista de la Nueva España, Porrúa, 1976, p. 102

(2) Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana I, México, Porrúa, 1975, p. 411

(3) Ibid. P. 412

(4) Cartas de Relación, México , Porrúa, 1978, p. 34

(5) Francisco Cervantes de Salazar, Crónica de la Nueva España, México, Porrúa, 1985, p. 187

(6) Fray Jerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, México, Porrúa, 1980, p. 248

(7) Monarquía Indiana, t. III, p. 66

(8) Obra citada, t. III, p. 222





EL MONASTERIO DEL PARQUE JUÁREZ Y LA “FUENTE DE LOS CRUDOS”



Publicado en PUNTO Y APARTE, el 3 de abril de 1986, p. 19-20



Nos han quedado 3 relatos sobre el convento de Xalapa y sobre sus habitantes. Es poca cosa, pero cada noticia la recogimos con cariño como cosa de familia.



El 20 de octubre de 1580 Constantino Bravo de Lagunas escribe lo siguiente:



“Este pueblo está asentado en una ladera de una muy alta y áspera e inhabitable serranía que se llama entre los españoles la sierra del Cofre, y entre los indios Naupateutli, que quiere decir “cuatro veces Señor”; está asentado en tierra algo montuosa y áspera, que en pocas partes de él se puede correr caballo; está asentado a la parte del oriente, no tiene calles por orden porque, como dijimos, los indios derrámanse por estar con sus sementeras; el monasterio de los frailes Franciscanos está en medio del pueblo con cuatro religiosos que administran la doctrina cristiana y la justicia eclesiástica, que generalmente los frailes la administran por concesión de los Sumos Pontífices y beneplácito de los Reyes de Castilla; este pueblo mira a la parte del Sur; es fértil de maíz, trigo de las Indias, y de chile, pimienta de las indias, que es el comer ordinario de los indios; viene el maíz a cogerse muy tarde, porque como es tierra, húmeda, detiénese mucho, y son las cosechas por Navidad… El monasterio que tiene es de cal y canto las paredes, y de cantería cumbres y portadas; es de una sola nave. (1)



No nos interesa mucho la construcción material del convento. Ni era algo sobresaliente en el terreno del arte. (2) Con todo, este convento está en el origen de la iglesia de Xalapa. Para nosotros tenía un valor estimativo inapreciable. Por ello es una lástima el que haya sido demolido por el General Enríquez hace un siglo, por 1886. El parque Juárez con sus araucarias y sus jacarandas no presenta hoy indicios de la huerta del monasterio primitivo, Enríquez no quería saber nada de lo colonial. Nosotros habríamos restaurado y conservado con inmenso cariño este edificio. El gobernador de entonces pensaba que en México se podía hacer “borrón y cuenta nueva” con el pasado.



Hay otra fuente de noticias que es el Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España que relata el viaje del padre Fray Alonso Ponce en las provincias de la Nueva España como visitador y comisario general. Pasó por Jalapa en 1584:



“El jueves 13 de septiembre salió el padre comisario a las tres, después de mediodía, de la Veracruz, y pasadas muchas ventas y andadas quince leguas, llegó otro día por la tarde a Xalapa, primer pueblo de indios (porque la Veracruz es de españoles), los cuales le salieron a recibir con tanta devoción, contento, fiesta y alegría, como si en aquella tierra entrara uno de los apóstoles. Dos leguas antes tenían lleno el camino a trechos de arcos hechos de ramas y hojas de árboles, a modo de los triunfales que se hacen en España, y en cada uno muchas diferencias de música de trompetas, flautas, chirimías y otros instrumentos, hasta llegar a su pueblo, donde media legua antes fue cosa de loar al Señor ver salir en procesión toda la gente, hombre y mujeres, chicos y grandes, e hincarse de rodillas sólo para pedir la bendición al padre comisario, y aunque los atropellaban los caballos de los españoles, que le habían salido a recibir una legua antes, no por eso se volvían atrás hasta haber besado el hábito o siquiera tocádole con la mano. En ese pueblo estuvo desde el jueves hasta el domingo en la tarde, diez y seis del dicho, y entonces salió a dormir a una venta seis leguas de allí, llamada de Las Vigas, donde por orden del guardián de Xalapa había tan copioso aderezo de camas y de cenar para doce personas que iban, que sobró para muchos pasajeros españoles que allí habían llegado”(3).



No hay que olvidar esta entrada triunfal del padre comisario, Fray Alonso Ponce. Y habrá que compararla con la que se hace al Obispo diocesano en 1609. En este mismo Tratado hay una descripción del convento de Xalapa, cogollo y raíz de la iglesia diocesana, como hemos dicho:



“El convento de Jalapa tiene por vocación la Natividad de Nuestra Señora, está acabado, con su claustro alto y bajo, iglesia, dormitorios y celdas, tiene una buena huerta donde se cogen muchos duraznos e higos y se da mucha y muy buena hortaliza y algunos berros como los de Castilla; riégase todo con buen golpe de agua que entra en ella (4). Es convento antiguo, edificado en lugar húmedo, y residen de ordinario en él cuatro frailes. El pueblo es de mediana población de indios mexicanos, moran en él algunos españoles tratantes, es tierra caliente y húmeda y dase en él mucha abundancia de duraznos, tanto que tienen los indios cercadas sus casas con ellos; dase también tanta mostaza y con tanto vicio, que por las calles y corrales y paredes se cría casi todo el año muy alta y viciosa. Hay en aquel pueblo un hospital donde recogen los españoles enfermos que vienen en las flotas y los curan y regalan, de allí los suben al otro hospital de perote, tierra muy fría, donde los albergan y curan unos españoles que llaman hermanos, los cuales andan vestidos de pardo. Los otros pueblos de la guardianía de Jalapa son también de indios mexicanos, aunque en la sierra hay algunos totonacos, y todos caen en el obispado de Tlaxcala. En algunos de aquellos pueblos, que son calidísimos, hay cantidad de niguas, que son aquellos animalejos como pulgas pequeñas, muy perjudiciales, como atrás queda dicho. No lejos de Jalapa, en la bandada del Sur, corre el río de la Veracruz donde se coge mucha pesca, y más apartada, detrás del río, está una sierra muy alta en forma piramidal, que todo el año tiene mucha nieve y se ve muchas leguas dentro del mar; llámanla Volcán o Sierra de Orizaba porque está junto a un pueblo de indios de este nombre, junto al cual hay un ingenio muy grande de azúcar muy nombrado en la Nueva España, que se dice el ingenio de Orizaba.”(5)



Nos queda todavía un testimonio, divertido y pintoresco, sobre este convento de Jalapa y sobre estos excelentes “frailes franciscanos” que son nuestros padres en la fe. El autor de estas últimas noticias no merece mucho crédito. Se trata de un dominico inglés, apóstata de la religión católica, cuyo libro es más para desprestigio de España y de la religión católica. Ya Clavijero advierte que no se le debe creer: “…Hemos observado que se fía (se refiere a Roberston) del testimonio de Gage, Comal, Ibáñez y otros autores enteramente indignos de ser creídos”. (6)Thomas gage es una figura excéntrica y novelesca, pero su relato no deja de ser sabroso y divertido. Es el primero que nos llama la atención sobre el futuro obispo de Jalapa. Pasó por la ciudad el año de 1625:



“Al tercer día por la tarde llegamos a una villa grande o ciudad, en donde hay cerca de dos mil habitantes entre españoles e indios, y a la cual han dado el nombre de Jalapa de la Veracruz. El año de 1634 fue erigida esta ciudad cabeza de obispado tras su división de la Puebla de los Ángeles, y aunque el nuevo obispo no tiene más que la tercera parte del distrito que componía la antigua diócesis, su renta sin embargo sube, conforme al cálculo general, a diez mil ducados anuales, por ser aquellos terrenos muy fértiles en trigo indio y en trigo de España.

Hay muchos caseríos o ranchos de indios en los alrededores; pero lo que constituye las riquezas de la ciudad es el número crecido de haciendas en que se cultiva la caña dulce, el de las estancias, como las llaman allí, donde crían mulas y ganados, y la parte de tierras en que se coge la cochinilla.

En toda la ciudad no hay más que una iglesia y una capilla, que dependen del convento de los frailes de San Francisco, donde nos hospedamos aquella noche, y pasamos el día siguiente que era domingo.

Las rentas del convento son grandes, y no obstante la comunidad se compone sólo de seis religiosos, a pesar de tener con qué mantener muy holgadamente a más de una veintena para que estos pocos glotones más abundante y epicúreamente sean nutridos y agasajados.

El prior de Jalapa era menos vanidoso que el prior de San Juan de Ulúa; pero nos acogió con mucho agasajo, y nos trató magníficamente aunque éramos de otra orden que la suya.

En aquel pueblo, como en todos los de nuestro tránsito, reparamos que la vida y costumbres del clero secular y regular eran relajadísimas, y que su conducta desmentía completamente sus votos y su estado…

Quedamos sorprendidos, y aun nos escandalizamos extraordinariamente al ver a un fraile de los franciscanos de Jalapa cabalgar en una hermosa mula con su mozo de espuelas, o más bien lacayo detrás, sólo para ir al cabo del pueblo a confesar a un enfermo. Llevaba su reverencia los hábitos enfaldados y dejaba lucir de esta manera unas ricas medias de color naranja, unos zapatos pulidísimos de tafilete, y unos calzones de lienzo de Holanda con sus lazos y trencillas de cuatro dedos de ancho.

Semejante espectáculo nos hizo observar con más atención la conducta de aquel fraile, y la de otros que, debajo de sus mangas anchas iban enseñando sus chaquetas bordadas de seda, sus camisas de holán, y sus puños de encaje; pero no descubrimos ni en el vestido ni en la mesa cosa alguna que indicara mortificación; al contrario, todo señalaba la misma vanidad y mundanidad que se hubiera podido notar en las gentes del siglo.

Después de cenar, empezaron algunos de ellos a hablar de naipes y dados y nos convidaron a jugar, como para obsequiar a los huéspedes, una mano á la prima.

Casi todos los nuestros se excusaron, unos por falta de dinero y otros por no conocer el juego; sin embargo, a pocas instancias, lograron decidir a dos de nuestros religiosos que se pusieron mano a mano con otros dos franciscanos.

Arreglada la partida comenzaron a barajar con admirable destreza: se apostó sencillo; se dobló. La pérdida picó a unos; la ganancia acaloró a otros. Al cabo de un cuarto de hora se convirtió el convento de la orden seráfica de nuestro padre San Francisco en un garito, y la pobreza religiosa en profanaciones mundanas.

Nosotros, que estábamos de simples espectadores tuvimos ocasión de observar lo que pasaba en el juego y adquirir materia de reflexión sobre semejante vida. Al paso que el juego se engrescaba, iba creciendo el escándalo: los tragos se repetían con más frecuencia y la lengua se soltaba: ¡Voto a Cristo! ¡Voto a Dios!, los juramentos se cruzaban con las chanzas, y las carcajadas hacían temblar el edificio.

No se libró tampoco de sus burlas sacrílegas el voto de pobreza. Uno de los franciscanos, aunque ya hubiese manoseado y puesto el dinero con sus dedos en la mesa, quiso divertir a la reunión, y cuando ya ganaba alguna suma considerable (atravesándose a menudo más de veinte doblones) abría una de sus mangas, y con la punta del cupón de la otra barnís el tapete, arrastrando el oro y la plata. Así se echaba sus ganancias en la manda, diciendo al mismo tiempo: “Yo he hecho voto de no tocar el dinero ni guardarlo, más mi manga puede tocarlo y mi manda ha de guardarlo.”

Érame ya imposible escuchar tantos ajos y por vidas, y más de una vez estuve para decirles mi sentir, reconviniéndoles por su falta de miramiento; pero consideré que yo era un extraño. Su huésped que pasaba, y además que cuanto les dijera sería predicar en desierto. Levánteme, pues sin hacer ruido, y me fui a dormir, dejando a los jugadores que siguieran con su diversión hasta la madrugada.

Al otro día, aquel fraile que la echaba tanto de gracioso, con más traza de bandolero que de religioso, y más propio para la escuela de una Sardanápalo o de un Epicuro que para la vida del claustro, dijo que había perdido más de ochenta doblones. Parece que su manda se resistía a guardar lo que él había hecho voto de no poseer jamás.

Esa fue la primera lección que nos dieron los franciscanos del Nuevo Mundo”. (7)



El texto de Thomas Gage también es una lección, pero de lo que se llama gazmoñería, puritanismo, o escándalo farisaico. Jamás pensaron los religiosos del convento de Jalapa que su hospitalidad, su caridad y deseos de agasajar a los huéspedes, serían interpretados de tan aviesa manera.



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